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Opinión

La implacable maldición del dinero

Prof. Julio Vindas Rodríguez

“El hombre que ha empezado a vivir más sencillamente por dentro, empieza a vivir más sencillamente por fuera”, 

Ernest Hemingway.

 

Fanático, egoísta, amoroso y malévolo es el insondable corazón humano; alquimia pastando a la intemperie del cosmos, apostando al tarot de su impredecible suerte para adivinar su razón de ser y el sentido de su efímera existencia, jugando a la ruleta rusa del infinito desamparo, enalteciendo las masacres de su historia, relegando el amor … ¡ Ah, el Amor!, siempre tímido y manso, acorralado y ciego, condenado en regalías al inexorable destino.

¡Pobre corazón humano!, indagando aún en los enigmas del tiempo, disectando con escalpelos de encono los antiguos rastros y catástrofes de su inocente ignorancia, horda de humanos trashumantes, tiernos, necios, extraviados en los eternos laberintos entre el dolor y el gozo, sin lograr resolver el eterno acertijo de: “ de dónde venimos y hacia dónde vamos”; persiguiendo en soledad y a ciegas por la vida la intangible sombra de su propia e inevitable pesadilla … escribo esta apesadumbrada introducción reconociendo cuánta sabia razón el iluminado Maestro de la Paz Mahatma Gandhi, cuando sentenció que: “el hombre es el único animal que cuando comienza a hacerse sabio, se tiene que morir”.

El mundo moderno, hoy más que nunca, es arrastrado por el inevitable torbellino de la globalización sin que esto se revierta necesariamente en mayor progreso, equidad y justicia para todos por igual; y precisamente en esto radica el desalmado mecanismo del capitalismo salvaje, que cada vez convierte a los pobres en más pobres y hace más ricos a los ricos, en aras de una ilimitada avaricia y una inescrupulosa mezquindad; y es que hoy el ser humano agoniza sin darse cuenta, obnubilado por el falso artificio de un espejismo tecnológico que, en muchos casos, más que ser un adelanto y contribuir a una mayor evolución para la humanidad, más bien representa un retroceso en decadencia a las oscuras cavernas del estupor y el miedo, eso sí, solo que más “intercomunicados”,“interrelacionados”,“#interconectados” y magníficamente masificados por el milagro de la internet; de que sirve jactarse de los adelantos tecnológicos si este patético mundo, como nunca antes padece de una irracional inconsciencia, basta ver las oleadas de inmigrantes, abandonados a su suerte, despreciados, perseguidos´, condenados a la indiferencia de un mundo que se dice “ globalizado”, conmovedora procesión de tiernos “miserables” que solo buscan curarse la esperanza, ¿a esto somos capaces de llamarle “progreso” y “evolución? Hoy, sin darnos cuenta, nos hemos convertido en unos perfectos “ desconocidos-super-comunicados”, vegetando entre computadoras y celulares en la solitaria irrealidad y el falso esplendor de una existencia virtual; esto lo explica magistralmente Vargas Llosa en su libro; “ La Cultura del Espectáculo”.

Hoy día, en que nos toca subsistir entre sueños de neón globalizados, entre el marketing que subasta el alma en las ignorantes vitrinas de la inconsciencia humana, hoy, cuando lo más importante es tener, ostentar, poseer, escalar el statu quo a cualquier precio, pasándole por encima a quien sea y como sea, con tal de alcanzar los más perversos y oscuros intereses, hoy, cuando se le llama “competitividad” a la salvaje y descarnada lucha por ingresar al superfluo escalafón de los que cifran su absurda existencia en las estadísticas globales del mercado bursátil, en la estabilidad de sus cuentas corrientes o en los devaneos financieros de la bolsa de valores, hoy, cuando el mayor sueño es que nos llamen; “Licenciado”, “Máster” o “Doctor”; aún al precio de haber sobornado la propia conciencia por el hecho de haber comprado un mediocre título en cualquier “universidad privada” o de “garaje”, donde por lo general se antepone la gula del lucro a la formación profesional, y de donde indudablemente se le acreditará como: “administrador de empresas” (sobre todo transnacionales), “ ejecutivo de escaparate”, “jerarca de tanto infierno”, “jefe de tanta vagancia”, “ministro de tanta corrupción”, “diplomático de tanta mentira”, “magistrado de tanta injusticia”, en fin, en este tiempo convulso y extraviado, en que el dios dinero levantó su templo y entronizó su culto en el corazón, la sangre y los sueños de tanta gente, hoy más que nunca urge hacer un alto en esta descabellada carrera hacia la banalidad y la autodestrucción, y esmerarse por rescatar lo que aún persiste de limpio puro y transparente, en el agobiado y turbio corazón del hombre.

Creo firmemente que la persona que se conforma con llegar al final de sus días rindiendo culto únicamente al dios dinero, además de haber vivido prácticamente en vano, se habrá perdido para siempre uno de los supremos privilegios de estar vivos, razón primera y última de la existencia, y es el haber vivido en perfecta armonía con el cosmos, en paz consigo mismo y con sus semejantes, mediante la inigualable satisfacción que nos retribuye el haber aprendido a dar y a compartir, comprendiendo que el ciclo de la vida es, de alguna manera, una vuelta, un regreso a lo simple y a la sencillez, pero eso sí, henchidos de sabiduría y de humildad; y es en este punto donde es imprescindible entender que si no nos hemos despojado a tiempo de esa enfermiza y desquiciada pulsión por el excesivo materialismo, y ese retorcido amor por el dinero, finalmente terminaremos esclavizados al miedo de perder aquello que en realidad nos ha atado, y acabaremos para siempre condenados a no saber quiénes somos, ni para que pasamos por esta efímera pincelada del tiempo, en la precaria levedad de esto que llamamos Vida.

PERIODISTA: Redacción Diario Extra

EMAIL: [email protected]

Lunes 20 Marzo, 2017

HORA: 12:00 AM

CRÉDITOS: Prof. Julio Vindas Rodríguez

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