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La Navidad llegaba siempre puntual y embelesada, cabalgando sobre una fina llovizna –“pelo’e gato” le llamábamos-, y suspendida en alas de una fresca brisa traviesa y juguetona, que irreverente despeinaba las frágiles plantas del jardín de mi abuela.
Diciembre era entonces una algarabía de risas en el cafetal, que para nuestra inocente imaginación lucía como un jardín, plantado con todo tipo de árboles frutales, que nos brindaban un improvisado y gratuito banquete de mangos, naranjas, nísperos, jocotes, cases, etc.; y después… los “soberanos panzazos” en mi añorado río Bermúdez, que en ese tiempo era el balneario “a culo pelado” de todos los chiquillos del pueblo; mientras en la humilde casita de barro donde transcurrió mi infancia daban inicio los preparativos para las fiestas de Navidad y de fin de año.
¡Claro!, no eran esas fiestas que la gente celebra hoy día, entradas en guaros y cuanto “menjurje etílico” se les ocurra a los fiesteros; por supuesto que había quienes se “recetaban” sus buenos ”farolazos”, pero eran los menos, estas celebraciones, por lo general, eran más de carácter íntimo y familiar y no tanto “social”, como lo es ahora; y en las fechas claves ¡claro que se brindaba!, pero con “ponche artesanal”, a menudo fabricado en la misma casa.
Mi padre comenzaba por “encalar” la casa cada fin de año; aquella casita de bahareque perdida entre verdes cafetales quedaba como “tarjetita postal”, luciendo un blanco inmaculado, y con la tradicional franja de un azul alucinante que llegaba hasta medio metro del piso, y que se lograba usando el noble y generoso ocre azul.
Ya desde chiquillos se nos enseñaba a participar en las cogidas de café y, de alguna manera, los “chavalillos” de ese entonces, esperábamos con anhelo la salida de la escuela, ¡la llegada de las vacaciones!, para irnos “de cogidas”, pues era la infalible forma de ganarnos una buena “buchaca” de colones, para solventar los requerimientos navideños, desde comprar ropa nueva “para estrenar”, hasta darnos uno que otro gustillo, de esos que solo se podían una vez al año.
¡Ah!; pero con cuántas ganas y con cuanta ilusión saltábamos de la cama a las 4 a.m. para desayunar y llegar al cafetal con los primeros rayos del sol, y encontrar el rocío aún trémulo y suspendido, con el hálito en vilo en las hojas del cafeto. ¡Qué hermosa forma de asumir la responsabilidad!, ¡de aprender a compartir!; y comenzar a valorar la indescriptible satisfacción de aportar con el propio esfuerzo a los innumerables gastos de nuestro hogar, y aliviar -aunque fuese un poquito- a nuestros padres de la pesada carga que por lo general traen consigo la vida campesina, y las estrecheces económicas.
Recuerdo -como si fuera hoy-, las campesinas manos de mis tías, desempolvando con “quirúrgico” cuidado las figuras del portal, y yo, con unos ojos de inocencia desorbitada en asombros, recorría con la mirada cada una de aquellas figurillas, que solo se me permitía observar cada fin de año; ¡Oh ingenua creatividad pueblerina para hacer un portal!: “Un “pasito” con “el Niño” al lado de una laguna, de la que salía un camino de aserrín bordeado de pequeñísimos arbolitos de cartón que llegaba hasta una enorme montaña, y al pie de la montaña -pastando-, una gran vaca de plástico; ¡más alta que la montaña!
Pero nada superaba el desfile de los Tres Reyes Magos, pues había dos magos negros, ¡y solo uno era blanco…!, mientras en la vieja galera, a fuego lento, se calentaba el horno de barro, de donde saldrían los deliciosos biscochos junto con el “pan casero”, y el palmito asado, mientras al fuego de leña se iban cocinado los “tamales de chancho”, y otras “exquisiteces” salidas de la afable y sencilla imaginación de mis padres y de mis tías.
Reza un dicho que “todo tiempo pasado fue mejor”, y pienso que algo debe tener de cierto; siempre que no perdamos nuestro lugar en el inexorable desfile de la existencia, cuidando de mantener los pies en la tierra pero, sobre todo, salvaguardar por encima de todo esa pequeña llama de “humanidad”, que afortunadamente aún palpita y sobrevive en medio de esta contemporánea y tecnológica “hecatombe virtual”.
Sí; definitivamente, dado el carácter festivo y de alguna manera de recogimiento, que aún nos insufla la Navidad, invitándonos a la unión, al encuentro, a la reflexión, al desprendimiento, a la solidaridad, a la compasión; ¡al perdón!; no está de más rescatar del recuerdo aquellas otras Navidades ya perdidas en el horizonte el tiempo, que pasaron como un pájaro de sueños, como aliento lejano, como fugaz suspiro, como pálpito infinito de simple gozo sobre los corazones de los que alguna vez fuimos niños, e intuimos, desde nuestra escasa perspectiva de asombro prolongado, el inmanente fervor de saberse útil, querido y valorado; de sentirse un ser humano pleno y realizado. Y hoy, de nuevo, ¡saludando un año más!, envueltos en esta fría brisa de diciembre, bajo la frágil llovizna, bajo la frígida cilampa; bajo el bendito “pelo’e gato” ¡de otra Navidad! ¡Feliz Navidad!