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Venezuela no da más. Desde hace tiempo se agotó. La han expoliado petroleramente, la han exprimido económicamente y la han drenado éticamente. Políticamente, ni qué decir.
La Venezuela de hoy, prebendal y populista, demuestra que sí es posible retroceder en el tiempo sin necesidad de tecnologías inesperadas que nos teletransporten al pasado. Ahí bastó la política chavista para subvertir las pintas desarrollistas que la primavera petrolera del siglo pasado les deparara a dos generaciones de ciudadanos malacostumbrados al financiamiento público desbordado y los millones flotando en el aire.
Además, y como era de esperarse, la corrupción se entronizó en ese paisaje malogrado, permeando con total impunidad los distintos estamentos societales. Ejemplos hay muchos. Para los costarricenses, el más notorio fue el de Carlos Andrés Pérez, que mientras vivió en San José era un hombre sencillo que, no obstante, años después salió de Miraflores como el exjefe de Estado más rico de América. Y los venezolanos no se quejaron mucho que digamos en aquel entonces, refugiándose él y sus millones, en Estados Unidos, país que tampoco fue que se quejó de su visita ni mucho menos de su “equipaje”.
Es justo decir, para el caso venezolano, que su peor maldición ha sido el oro negro, que conllevó a la corrupción más enraizada y multiplicada del continente. Corruptelas que, valga decir, no se contabilizan en Venezuela por un milloncito de dólares por aquí y otros novecientos mil dolaritos por allá, como sabemos que ocurrió en Costa Rica. ¡Qué va! Los políticos venezolanos, tanto de izquierda como de derecha, han robado en serio, haciendo palidecer a los “aprendices” ticos. Allá se robaron el erario de billón en billón de dólares y, para redondearse, buscaron asocio con el narco. Ello al punto que, ya para el 2017, el ochenta por ciento (80%) de la cocaína producida en el mundo se redistribuye desde territorio venezolano. Se produce en su mayoría en Colombia, pero se acopia y se envía a sus destinos finales desde Venezuela. Lo que claramente implica más que el cobro de un simple “peaje”. Hablando más en serio, significa también la colusión con altos mandos militares y políticos encumbrados, fronteras y cielos narcotizados, un mercado negro del carajo y una civilidad altamente prostituida. En síntesis: estamos frente a un Estado virtualmente mafioso.
En Venezuela no hay Gobierno, lo que hay es un cártel. Uno con todo y nombre propio: el Cártel de los Soles. Del que poco se conoce y aún menos se dice. Pero cuyos tentáculos, y aquí viene mi advertencia, ya alcanzan a Costa Rica desde hace varios años (Ávila, 2012).
La violencia subsecuente se viene agravando, pero no por la protesta social como el régimen de Maduro viene esforzándose en hacer creer. Ahí son miles de reconvenidos de las FARC y el ELN los que se van sumando a las milicias que Maduro está armando con una irresponsabilidad sin parangón, para amedrentar en los barrios y contrapesar a las fuerzas armadas. Dejándole al próximo Gobierno, y eso sin que nadie pareciera notarlo, un territorio urbano minado.
Debiéndose sumar a ese necrótico escenario la entrega de la soberanía a los cubanos y los sirios, que han sometido a Venezuela con todo y su potencial geopolítico y económico.
Da lástima que Costa Rica no se preocupara oportuna ni suficientemente por las retaliaciones de ese campo abierto de corrupción, narcotráfico y politiquería populista en que devino Venezuela.
Una política exterior costarricense ya de por sí escasa, mal regentada y aún peor verbalizada, a la que habría que sumarle ya a estas alturas de la actual Administración la falta de roce internacional e imprevisión para el enfoque macrocriminal del Ministerio de Policía en que convirtieron el Ministerio de Seguridad, exponen a nuestro país ante un problema mayúsculo que requiere mucho más compromiso y previsión que las poses típicas de los Ministros coquetos que corren -¿ahora sí?- a tomarse las fotos con Luis Almagro y fustigar a Maduro machoteramente. Logrando con ello, únicamente, que los demócratas conscientes que estudiamos estos temas desde la academia y el terreno, anotemos al pie: ¿y ya para qué, señores? Pónganse serios… No todos somos brutos. Algunos sí notamos las poses y las diferenciamos del compromiso. También sabemos separar la improvisación de la verdadera planificación que supone, por cierto, inteligente anticipación.
Hoy, seguir limitándose a llamar al diálogo entre las partes en Venezuela es realmente vergonzoso. Incluso ominoso para los costarricenses prevenidos y ni qué decir para los venezolanos compungidos que siguen viendo cómo, en su país, el Gobierno tiene el control de todo, pero niega ser el responsable de algo.
*Abogado, investigador académico en crimen organizado y exembajador ante la OEA