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El padre Larrañaga en su libro El Hermano de Asís tiene una cuarta parte titulada “A los pies de la Iglesia”. Se refiere a la visita que proyecta hacer al Papa de su tiempo al que, advierte Francisco refiriéndose a los Hermanos, no pueden menos de imaginar “sino como otro emperador, cuando sólo es la sombra bendita de Cristo”. En un momento se darán cuenta de ello.
Ahora se trata de recibir su bendición, su sello, previo el contarle sus andanzas y alegrías, lágrimas y también las aventuras por fidelidad a la Dama Pobreza. Con un breve planito quieren asegurarse la conveniencia del camino emprendido.
En su condición de pobres y pequeños aparecen como unos indefensos y más lo pueden sentir ahora en su presencia ante el sucesor del apóstol Pedro que, señala Francisco, “bajo su investidura solemne respira el corazón de un padre amante”.
La marcha arranca bien de madrugada. No llevan nada para el camino, según el Evangelio, literalmente nada, ni bolsa, ni provisiones, ni ropa para cambiarse… Y desde los días en que el Maestro envía a sus apóstoles sin nada, salvo la Palabra, nunca se ha visto tanto contraste: la alegría de no tener nada, la libertad de la pobreza y la omnipotencia emanada de Dios.
Caminan alegres conversando sobre los ejemplos y palabras de Jesús. Cada día, por turno, hay hermanos que se encargan de conseguir algo de comer, amén de espigas recogidas de las rastrojeras, fresas silvestres y otros frutos del campo, que acompañan con agua fresca.
¿Y para dormir? Un pajar, eras para trillar las mieses, ruinas de viejos castillos, pórticos de iglesias… “Francisco, nota el padre Larrañaga, les decía que eran aventuras caballerescas por la Dama de sus pensamientos, la Pobreza”. Mientras les reitera palabras de paz, esperanza y consolación, persuadiendo que en Roma habrían de soportar ciertas pruebas, sin determinar cuáles.
De momento y divisar a lo lejos alguna iglesia, se arrodillan y rezan el “Adorémoste, Santísimo Señor Jesucristo, aquí y en todas las iglesias que hay en el mundo entero, y te bendecimos porque por tu santa cruz redimiste al mundo”.
Con alguna frecuencia paran en bosques solitarios para orar más largamente. De cuando en cuando el Hermano se desprende del grupo e ingresa en aldeas, convoca a las gentes en las plazas y les habla del amor, de la paz y de la pobreza.
Atraviesan la alta meseta de Rieti, bajan a las tierras de la campiña romana y un buen día entran en Roma.
Aquí los dejamos hasta una próxima entrega, Dios mediante.