Utópica: No hay feliz 8M

Fiorella Salazar Rojas Exministra de Justicia y Paz

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Incómodamente sonrío cuando me “felicitan” los 8 de marzo. No encuentro mérito en haber nacido mujer, no lo escogí; yo no felicito a los hombres por haber nacido hombres. Más aún si la felicitación se edulcora con que, por ser mujer, soy un ser dulce, frágil, casi angelical, que ilumino al mundo con mi sola existencia. 

Porque así como nos felicitan, igual nos matan (10 femicidios al inicio de 2025 frente a dos en el mismo periodo de 2024), nos infunden miedo a un asalto, a que toquen nuestros cuerpos o nos digan groserías cuando vamos por la calle (en promedio seis detenciones mensuales por acoso callejero en 2022), nos critican porque “vamos provocando” con nuestra forma de vestir (como si los hombres fueran seres incapaces de contención), nos ignoran en reuniones de trabajo o nos dedican insultos en redes sociales cuando ocupamos posiciones de poder, no por las decisiones que tomamos, sino por el simple hecho de ser mujeres.

Que a 2025 el 8M se siga entendiendo por buena parte de la gente como un motivo para “celebrar a las mujeres” es sinónimo de que hemos “logrado” mucho, pero no hemos “entendido” nada.

Por “logrado” me refiero a todas las mujeres que dieron luchas domésticas o en grandes tribunas, gracias a las cuales mi vida hoy es más sencilla y con mejores oportunidades que las suyas; por eso, para mí los 8M son días de memoria y gratitud con las que pelearon por los derechos que disfruto, y de compromiso hacia las que aún no han nacido, para dejarles un mundo en el que puedan ser sin tener que luchar por lo que les pertenece por derecho propio.

Por “entendido” me refiero a que hoy no se celebra nada, se conmemora la reivindicación de la dignidad, la igualdad, la libertad y la seguridad de la mitad de la humanidad, ganada a pulso por las propias mujeres.

“Agradezcan que solo pedimos igualdad y no venganza”, decía un meme. Tan cierto, pero ¿por dónde empezar? Tal vez por los niños, para que aprendan a ser autónomos y no esperen que alguna mujer (madre, abuela, hermana, etc.) les haga las cosas para las que están capacitados; por nuestros amigos, parejas, padres, hermanos, primos, compañeros de trabajo, no riéndoles las bromas machistas, compartiéndoles un tutorial para usar la lavadora o hacer gallo pinto, denunciando sus actos violentos o invitándolos a un taller de masculinidad sana.

También podríamos avanzar mucho con educación sexual transparente en el sistema educativo, para evitar patrones de violencia sexual aprendidos de la pornografía o impulsando política pública que promueva la contratación sin sesgos de género, el derrumbe de las barreras que persisten en la carrera educativa o profesional de las mujeres, aumentando el protagonismo (que les es propio) de los hombres en los procesos de crianza y cuido (de niñez o adultos mayores). Pero, sin duda, despertando la conciencia de las mujeres que se sienten halagadas cuando las felicitan cada 8 de marzo por ser mujeres. Mientras el 8M resulte necesario, nunca podrá ser feliz.