Utópica: No es “morir”, es “matar”

Fiorella Salazar Rojas / Exministra de Justicia y Paz

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Cada palabra importa. Cada palabra tiene un significado preciso y, cuando hablamos de la vida y de la muerte, elegir las palabras correctas no es una exquisitez: es una responsabilidad. Por eso hay que decirlo claro: en Gaza, la gente no está muriendo. La están matando. 

La matan de hambre. La matan en la fila para recibir un pedazo de pan. La matan bajo una bomba como un supuesto daño colateral. La matan porque alguien se autoproclama dueño de su casa, de su tierra, de su existencia. Es cálculo. Es poder que se cree impune.

Y el mundo, que alguna vez juró “nunca más” frente a la barbarie que representaba una industria orquestada para exterminar, hoy mira hacia otro lado. La comunidad internacional se sienta en cómodas sillas diplomáticas para tener conversaciones inútiles mientras camiones llenos de comida esperan días, semanas, meses… a las puertas de una ciudad en ruinas. Esperan la orden de alguien que, pudiendo detener el sufrimiento, elige no hacerlo.

¿Qué clase de humanidad permite que niñas y niños mueran lentamente de hambre mientras los alimentos esperan al otro lado de un portón?

No aprendimos nada. O peor: lo aprendimos todo y decidimos olvidar.

Olvidamos lo que fue la Segunda Guerra Mundial. Olvidamos cómo se empieza: deshumanizando. Olvidamos que al deshumanizar a otros, nos deshumanizamos también nosotros mismos.

Mientras tanto, el perpetrador se presenta como víctima. Y el mundo hipócritamente hace como que le cree. Se escuda en la religión, en la historia, en un supuesto derecho a hacer lo que le venga en gana en nombre del sufrimiento de sus antepasados. Pero ¿quién dio permiso de convertir el dolor recibido en violencia hacia los demás?

Ningún motivo religioso justifica el uso de la crueldad. El pasado no excusa el presente. Una defensa que fuerza la desproporción de un asedio se convierte en venganza. 

El hambre no es solo falta de pan. Es la renuncia a ver al otro como ser humano igual a mí. Es la negación deliberada del derecho más básico: vivir. Es una forma de exterminio más lenta, pero igual de brutal.

¿Cuánto tiempo aguanta usted sin comer antes de que le empiece a doler la cabeza o le cambie el humor? Ahora imagine a sus hijos. Ahora imagine verlos morir. Y saber que alguien impidió que llegara la ayuda que estaba a solo unos metros de distancia.

Frente a esa realidad, ¿qué nos queda a quienes no tenemos poder para detener las armas ni para abrir los pasos humanitarios?

Nos queda la conciencia. Nos queda el deber de no callar. Nos queda el dolor de sabernos parte de una humanidad que permite que esto suceda. Y nos queda la obligación moral de mirar de frente, sin excusas, el horror que otros pretenden normalizar. 

Quienes miran sin hacer nada, se vuelven cómplices por omisión. Esta es una vergonzosa herida que nos marcará como generación.

No es suficiente escribir. Pero escribir sigue siendo un acto de resistencia. Porque en tiempos de barbarie, nombrar lo que ocurre también es una forma de luchar.

La utopía de hoy: una sociedad con hambre… pero de justicia.