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…en el que todos eran felices. O no, pero así les gustaba imaginarlo. Un país sin ejército, con elecciones ordenadas y transparentes, mucha naturaleza, gente amable, iban a los Mundiales y todo era muy pura vida. Se sentían mejores que sus vecinos, por eso se autodenominaban la Suiza centroamericana. Creían que la violencia, la xenofobia, la corrupción y el autoritarismo eran cosas que pasaban en otros países que salían en las noticias, no aquí.
Entre mito y memoria, crecieron pensando que la democracia era como el aire: invisible, gratis e infinita, que las instituciones eran de hierro y que la decencia venía de fábrica.
Pero un día, algo empezó a sonar distinto.
Ya no era solo el noticiero que hablaba de homicidios récord. Eran las escuelas con órdenes sanitarias. La salud con listas de espera interminables. El respeto convertido en meme.
Y poco a poco empezó a suceder lo impensable: una solicitud para levantar la inmunidad de un presidente, otra solicitud para extraditar exjerarcas de alto nivel. No por chismes. Por delitos graves. Fue como una pérdida de inocencia de golpe, como si todos los espejismos que se venían resquebrajando estallaran al mismo tiempo.
¿En qué momento este país, que se sentía un oasis en el mundo, empezó a parecerse tanto a los que veía en las noticias?
Tal vez fue cuando dejaron de indignarse. Cuando las redes se volvieron tribunales de odio y la vulgaridad, estrategia política. Cuando empezaron a señalar la corrupción en quienes les caían mal, pero se hicieron de la vista gorda cuando la cometían los que les caían bien. Cuando la institucionalidad dejó de ser un medio para resolver y se convirtió en un fin que algunos usufructúan.
Cuando se volvió normal desconfiar de todo: del gobierno, del Congreso, de los jueces, de los medios, de los vecinos, de los otros. Cuando les dejó de importar la sociedad y se atrincheraron en su metro cuadrado. Cuando se olvidaron del bien común. Cuando ser decente dejó de ser suficiente.
Y mientras tanto, siguieron. Como si nada. Como si este fuera solo otro capítulo más del cuento.
Pero no. Este no es un capítulo más. Es un punto de quiebre. Porque el cuento de lo que será Costa Rica en 10 o 20 años se está escribiendo ahora.
Y no lo escribe solo quien ocupa cargos públicos, sino también quien educa, emprende, denuncia, se informa, vota responsablemente y no por venganza política; quien exige, construye y no se rinde.
Este país no necesita un héroe nuevo. Necesita que cada quien recupere un pedacito de su responsabilidad con el país que heredó y con el que va a dejar. Necesita que dejemos de echarle la culpa a los demás y asumamos la propia, con la intención de hacerlo mejor. Sin mala fe.
Y colorín colorado, pero este cuento no ha acabado. Lo que venga, dependerá de si elegimos seguir pateando la bola y mirando hacia otro lado como si este quiebre no fuera con nosotros, o de si nos decidimos a hacer conciencia de que la indiferencia o la venganza no construyen futuro.
La utopía de hoy: una sociedad que no da por perdido su país.