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Cantamos con Sabina: “Que ser valiente no salga tan caro, que ser cobarde no valga la pena”. Crecemos aprendiendo esas cosas simples: decir la verdad, no ser cómplices del mal, procurar el bien. Y así, vamos tejiendo un hilo que sostiene algo esencial para la convivencia humana.
Cuando ese hilo se ha roto, la Historia atestigua voces que nos recuerdan que hemos perdido el rumbo.
No nos enseñaron a castigar a quien dice la verdad. Y, sin embargo, parece ponerse de moda.
Mientras el mundo observa el drama de Gaza, quizá no ve con la misma claridad que quienes intentan denunciar el horror y devolvernos a la justicia están siendo perseguidos por ello. Jueces y fiscales de la Corte Penal Internacional han enfrentado medidas que traspasan el ámbito profesional y afectan su vida personal: imposibilidad de usar sus propias tarjetas de crédito, restricciones sobre sus propiedades y prohibiciones de viajar. Así también, Francesca Albanese, relatora especial de Naciones Unidas, que se ha convertido en la voz mundial que denuncia el genocidio gazatí, paga el precio de decir la verdad.
Esta semana, Albanese presentó su quinto informe, una radiografía sin anestesia que, en sus palabras, desnuda la realidad: “el uso generalizado y sistemático de la tortura que se ha convertido en una política de Estado, sustentada por una cultura que la defiende políticamente y la normaliza públicamente… la destrucción continua de hogares, hospitales, escuelas e infraestructuras, sumada a desplazamientos forzados, hambre, bombardeos y detenciones arbitrarias, han convertido la vida de la población palestina en un sufrimiento mental y físico sin pausa”.
No es una opinión política: es la exposición de una realidad aberrante y ampliamente documentada. Es la evidencia irrefutable de que se está haciendo el mal que nos enseñaron que no se debía hacer. Y la situación personal de Albanese es la prueba de que decir la verdad, hoy, tiene consecuencias. Consecuencias que, hasta ahora, fracasan en el intento de callar su voz. Esa valentía, en nuestra Tiquicia -quizá tan lejana a aquella realidad-, ha sido reconocida por la Universidad de Costa Rica, que le ha conferido un doctorado honoris causa, destacando su “profundo compromiso con la búsqueda de la verdad, la justicia y la dignidad humana”. Un reconocimiento, en el fondo, por hacer lo que todos deberíamos estar haciendo: defender lo esencial.
Pero más allá de los premios, el trabajo de Albanese nos lanza, de frente, una pregunta que nos interpela a todos: ¿Hacia dónde vamos como humanidad?
Quizá no haga falta tomar un micrófono para responder que seguimos siendo humanos; quizá baste con no ser indiferentes en nuestro propio metro cuadrado: con lo que hablamos y con lo que decidimos callar o ignorar. Porque, al final, la Historia no se mueve solo por quienes hacen el mal, sino por quienes, a pesar de todo, perseveramos en el intento de hacer el bien.
La utopía de hoy: Que ser valiente no salga tan caro, que ser cobarde no valga la pena.