Utópica: El mundo tirándose a la calle

¿Qué pasa cuando un joven hace su parte, pero descubre que su país no hace la parte que le corresponde?

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En las últimas semanas, las calles del mundo han hablado en muchos idiomas. Marchas en París, Lyon y Marsella; en Bruselas y Milán; en Lisboa, Madrid y Atenas, en Tirana, Buenos Aires, Guadalajara, Nueva York, Nueva Delhi… y la lista sigue. Las consignas son variadas: oportunidades de estudio, alquileres, agua, democracia. Pero, detrás de tantas pancartas, emerge un clamor que parece repetirse: hacer lo que se supone que debíamos hacer parece que ya no alcanza.

Los franceses, sin duda, se lo toman muy en serio. Ver la Plaza de la Bastilla llena de gente evoca inevitablemente ciertas épocas y consecuencias. Y, por si la memoria fallara, no hace mucho alguien paseaba por las calles una réplica de una guillotina de tamaño real. Hay que reconocerlo: cuando se indignan, los franceses saben cómo recurrir a los símbolos de su Historia.

Pero la ironía dura lo que dura la sonrisa. Detrás de esa imagen hay un hartazgo que no tiene nada de teatral: personas que trabajan y no pueden pagar una vivienda, familias que ven cómo el salario alcanza para cada vez menos, jóvenes que descubren que estudiar y esforzarse ya no garantiza las oportunidades que les prometieron. Personas que empiezan a preguntarse si las reglas del juego siguen teniendo sentido cuando cumplirlas no parece suficiente.

Y ese cansancio no tiene pasaporte.

En Costa Rica, el pasado 20 de octubre, miles de personas marcharon en defensa de la educación pública, ante los recortes presupuestarios que amenazan las oportunidades de miles de estudiantes. Por si alguien pensaba que la marcha era una exageración, apenas 24 horas después el Tecnológico de Costa Rica anunció que aplazaba, hasta nuevo aviso, la publicación de los resultados de admisión para el curso lectivo 2027. La razón: la incertidumbre sobre los recursos presupuestarios con los que contará la institución el próximo año. Más de 16.000 jóvenes que realizaron la prueba de ingreso quedaron a la espera de saber si podrán iniciar sus estudios universitarios. Algo insólito en nuestro país.

Durante décadas hemos entendido la educación como una de las grandes herramientas de movilidad social. Estudiar, prepararse, esforzarse: ese era el camino para abrir puertas, mejorar las condiciones de vida y construir un futuro, tanto para uno mismo como para el país.

¿Qué pasa cuando un joven hace su parte, pero descubre que su país no hace la parte que le corresponde?

No es solamente un asunto universitario. Es una pregunta sobre aquello que dábamos por garantizado hasta que un día descubrimos que ya no lo está.

Detrás de las manifestaciones que vemos en las calles del mundo, también en Costa Rica, hay personas que sienten que algo fundamental se está desajustando en sus vidas y que las respuestas habituales ya no alcanzan.

La Historia suele cambiar de rumbo cuando la gente dice: ¡basta ya! Hoy el cansancio crece en una época extraña: la riqueza se concentra obscenamente cada vez en menos manos, la frustración se acumula en muchas más y la inteligencia artificial abre un pozo sin fondo con aroma a incertidumbre.

A María Antonieta ignorar el clamor popular le salió caro. Las calles de hoy no piden guillotinas: piden vivienda, educación, salud y un futuro que valga el esfuerzo.

Está por verse si quienes gobiernan, en Costa Rica y en resto del mundo, entenderán a tiempo que las calles no siempre anuncian lo que está por venir. A veces anuncian lo que ya no están dispuestas a tolerar.

La utopía de hoy: que las calles vuelvan a ser para celebrar, no para reclamar lo que nunca debimos perder.