Utópica: ¿Cuántos Diablos más?

Fiorella Salazar Rojas Exministra de Justicia y Paz

El Gran Área Metropolitana sería la región con menos lluvias.

Alias “Diablo” está tras las rejas. Costa Rica necesitaba esa noticia. Es, sin duda, un triunfo para el OIJ y la Fiscalía en su empeño por capturarlo. Pero el verdadero escándalo no es su captura, sino lo que nos obliga a pensar: el “Diablo” no estuvo escondido, estuvo protegido.

La red que lo resguardó dice tanto de él como de nosotros: ¿cuántas personas tuvieron que colaborar, callar o beneficiarse para que este hombre pudiera cruzar fronteras, mover recursos, corromper funcionarios, mantener una estructura criminal y desafiar durante tanto tiempo la capacidad del Estado para detenerlo?

Primer círculo: quienes hicieron posible al “Diablo”. Nadie se convierte en el criminal más buscado del país actuando solo. Detrás siempre hay una red que no empieza ni termina con quienes empuñan un arma. 

Está conformada por quienes les venden armamento y tecnología; por quienes lavan dinero para convertir ganancias ilícitas en negocios aparentemente legítimos; por funcionarios que, por acción u omisión, facilitan condiciones al crimen con una firma, una filtración, o simplemente debilitan las capacidades del Estado para perseguirlo; por policías que traicionan el uniforme para convertirse en parte de su logística; y, por supuesto, por la propia organización que protege a su cabecilla y mantiene funcionando el engranaje del delito.

Todos ellos deberán responder ante la justicia.

Segundo círculo: quienes miraron hacia otro lado. El silencio tiene dos caras: la de quienes callan por conveniencia -un beneficio económico, contactos, ascenso social o la simple normalización del crimen- y la de quienes callan por miedo. 

En ambos casos, aunque por razones muy distintas, el crimen organizado gana. Amigos de capos o comunidades enteras saben que denunciar puede costarles la vida. 

El terror se convierte en el mejor aliado del delito.

Esta captura deja una pregunta incómoda: ¿cómo rompemos estos silencios antes de que se conviertan -voluntaria o involuntariamente- en complicidades cada vez más amplias?

Tercer círculo: los diablos que aún no conocemos. Ningún “Diablo” aparece de la noche a la mañana. ¿Cuántos más se están gestando hoy, mientras celebramos la captura del primero? ¿Dónde está la política pública que haga más atractivo estudiar que servir de campana? Si el OIJ y la Fiscalía capturan a quienes ya eligieron el crimen, ¿quién está invirtiendo en quienes todavía están a tiempo de elegir un camino distinto?

El crimen organizado entiende muy bien que el poder no solo se compra con violencia: también se compra con gratitud.

Las organizaciones criminales encuentran terreno fértil en dos frentes. Donde falla la escuela. Donde la atención en salud se vuelve inaccesible. Donde una familia no logra acceder a un empleo, una vivienda o un plato de comida. Pero también donde alguien decide que el dinero o el estatus valen más que cualquier límite moral. Donde la cárcel o la muerte dejan de asustar.

El “Diablo” no es solo un hombre: es el símbolo de una cadena de decisiones, silencios y abandonos que lo hicieron posible. 

O la cortamos, o cada captura será apenas el anuncio de la siguiente.

La utopía de hoy: que en lugar de capturar diablos dejemos de fabricarlos.