
El autor, quien nació y pasó su infancia en un pueblito de Alajuela, en una humilde casita de madera y tejas, con pisos de tierra y hermosos helechos, a veces se pregunta; si tiene la necesidad, el derecho o más bien la obligación de escribir acerca de este tema y ha llegado a la conclusión que sí.
Sí, sí puede y debe escribir, pero con pensamiento libre, totalmente desligado de ataduras sociales, de marcos académicos, de cuerditas de titiritero, de prejuicios religiosos, políticos o laborales. Sin temor, con la confianza y firmeza de quien encontró su verdad y quiere compartirla.
Quien escribe a lo largo de su vida ha hecho uso de credenciales de muchas cosas: agricultor, veterinario, mecánico, administrador e ingeniero, pero por primera vez se aventura en el campo sociológico, económico y político.
Inició su vida en lo más estrecho de la brecha social y cruzó al otro lado, gracias a las oportunidades que le brindó el sistema que hoy tanto critica.
Pero su crítica es válida porque es sincera, amena, constructiva y sobre todo sin amargura. Es válida también porque, pese a lo que se dice que se hizo y se hace, nuestra nación sigue sumida en el subdesarrollo y la pobreza.
Costa Rica ha obtenido a lo largo de su historia logros importantes en los ámbitos político, social y económico: el más grande de todos sin lugar a dudas, nuestro hermoso Pacto Social. Otrora logrado por quien a criterio del autor fue y sigue siendo por mucho el más grande político, estadista, pensador y humanista que ha parido nuestra amada Costa Rica en todos los tiempos, nuestro gran reformador social, el doctor Rafael Ángel Calderón Guardia.
Pensado y logrado por un hombre con visión fuera de época, ese Pacto Social desgraciadamente dejó de ser protegido, alimentado y fortalecido, obviamente, por quienes desde un inicio lo adversaron. Cual niño desnutrido se le negó el alimento: no se le dio la oportunidad de crecer.
En algún momento de nuestra historia más moderna hubo intentos de recuperarlo y fortalecerlo; es cierto, pero en honor a la verdad, o fueron intentos fallidos, o nunca fueron pensados para erradicar del todo la desigualdad social. Estos intentos fallidos y el descaro de algunos filibusteros más modernos, quienes aprovechándose de la paz social reinante producto de las bondades dicho Pacto Social vieron la oportunidad de legislar para sí mismos, en el corto y el largo plazos, a escondidas, bajo las sombras de la inocencia y la bondad del costarricense trabajador, sin vergüenza, decencia o conciencia alguna, sin corazón, se recetaron y recetan salarios insostenibles y pensiones que no son de lujo, son pensiones de dioses.
Sí esos son los que hoy nos tienen sumidos en la pobreza y la desesperanza, en un profundo rompimiento de nuestro mayor logro histórico humanista, nuestro Pacto Social.
Entendemos entonces el porqué. Ya son siglos los que han pasado y aún sigue ahí desafiante, riéndose a carcajadas, marcando el fracaso de nuestros estadistas, obispos, pensadores y exgobernantes; sí, aún sigue ahí, más agigantada y desgarradora la nefasta brecha social.
Es de entender entonces que Costa Rica, país subdesarrollado o en vías de desarrollo, como le quieran llamar, más bien simula hoy en día un barco de vela, en el cual las velas del progreso se inflan mediante un enorme fuelle, pero instalado este en el mismo barco, de manera tal que la acción que debería empujarlo al desarrollo, más bien genera la reacción que lo hace mantenerse estático.
Urge, costarricenses, que despertemos de este letargo en el que nos han tenido sumergidos; levantemos la mirada hacia el horizonte electoral para que logremos distinguir entre los aspirantes a gobernarnos a un hombre de nuestros días, preparado, defensor de la familia, honesto, probo de pensamiento, vida y obra humanista. Un hombre que sea capaz de hacer de Costa Rica el país que tanto deseamos y merecemos, un nuevo reformador social.
*Ingeniero