Una pregunta, nada más

Lo que admiro de la Orquesta Sinfónica Nacional no es solo su inmenso talento para acercarnos a las grandes obras musicales y la formación extraordinaria de sus músicos. Es una institución que siempre está presente en todo lo grande que ocurre en nuestro país y cada una de sus producciones es un esfuerzo enorme por […]

Soto Molina volvió a levantar la copa.

Lo que admiro de la Orquesta Sinfónica Nacional no es solo su inmenso talento para acercarnos a las grandes obras musicales y la formación extraordinaria de sus músicos. Es una institución que siempre está presente en todo lo grande que ocurre en nuestro país y cada una de sus producciones es un esfuerzo enorme por ofrecer la pieza seleccionada de la mejor forma, con todo lo que eso significa.

A nadie se le ocurre poner en el Teatro Nacional a un grupo de gente que silba bonito y hacernos escuchar la Sétima de Beethoven silbada. Se puede, yo sé, pero cuánto de eso estaríamos dispuestos a escuchar. De modo que ahí les va la Sétima, en la mejor interpretación de nuestros músicos. Sigo: a nadie se le ocurre que por falta de presupuesto nuestra orquesta interprete quintetos o piezas de cámara. ¿Por qué? Porque no sería orquesta sinfónica, sería grupo de cámara. Bien, lo expliqué. Ahora me muevo a otras artes. ¿Un mural? ¡Ah, no! Solo tenemos esta puerta, que lo haga ahí. Pues no sería mural, ¿no es cierto? Sería una linda puerta pintada. En fin, hay reglas. Sinfonía u ópera o mural o novela, se debe ir con todo. 

Hasta aquí vamos bien, dijo el suicida. En teatro usted puede hacer cualquier cosa de cualquier manera y eso es lo que lo hace tan interesante. Digamos que en realidad el Quijote es Aldonza Lorenzo y el Sancho es su criada. Bien, hagámosla. Presentemos el proyecto. Eh, ganamos. ¿Ven? Es como la Sétima silbada. Esto más o menos ocurre porque en la institución que debe acercarnos a los clásicos occidentales por definición ha dejado de presentar los clásicos occidentales. Punto. Dejó de tener los contenidos y el presupuesto para ponerlos en escena por lo que cualquier cosa es posible, incluso no hacerlos, que por definición es su trabajo. En la Sinfónica: ah, ¿Shostakovich, cien músicos?, bueno, traélos y pónganle. En teatro: ¿Shakespeare, 25 actores?, mmmm, imposible, hacelo con nueve. Gracias, abro audiciones. 

Para hacer las cosas aún más complicadas en el teatro oficial, pues este dejó de seleccionar las obras por hacer, el equipo que desee conjuntarse para poner una pieza en escena debe llenar un formulario muy poco amistoso con el arte de la puesta en escena y responder una serie de cuestionamientos que más se acercan al campo financiero contable que a la posibilidad de hacer teatro interesante. Y, para determinar su ganador, habrá un complicado jurado que evita que la institución que va a financiar la producción pueda decidir su ganador, su presencia es casi que de trámite. Entonces ganará aquel que sabe llenar los cuadritos con detalles financieros, aunque su propuesta deje mucho que desear y/o aquel que más ocurrencias tenga para alejar el texto original del clásico en cuestión y lo convierta en circo del sol menor. 

Ahora que se redefinirán los grandes objetivos de las instituciones bajo el marco de un nuevo gobierno, ¿será mucho pedir a las autoridades que apoyen el arte teatral con presupuesto, nuevas ideas, elencos anuales y repertorio cercano a la definición del ente rector en el campo teatral?

Para terminar amistosamente y que no acaben peleando con este pobre columnista: todo va bien, todo está muy bonito,  pero, ¿no les gustaría que fuera mejor? ¿Lo dije bien?