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Este 9 de setiembre, mientras miles de familias costarricenses se preparan para celebrar el Día de la Niñez, una realidad dolorosa ensombrece la fecha: 183 mil niños menores de 12 años viven en condición de pobreza en nuestro país. De ellos, 90 mil están en pobreza extrema, luchando cada día por las necesidades más básicas para sobrevivir.
No habrá juguetes nuevos para estos niños. No habrá salidas familiares ni celebraciones especiales. Para ellos, este día será como cualquier otro: marcado por el hambre, la incertidumbre y las limitaciones que impone la pobreza. Mientras nosotros reflexionamos sobre sus derechos, ellos experimentan su vulneración en carne propia.
Como nación, hemos fallado. Hemos fallado cuando permitimos que un 6% de los menores entre 5 y 12 años no asista a educación formal. Fallamos cuando vemos que la inversión en educación pública está en su punto más bajo en años. Fallamos cuando normalizamos que miles de familias no pueden cubrir el costo mínimo de ¢56 mil mensuales que representa la canasta básica alimentaria por persona.
Pero el fracaso más profundo no está solo en las cifras de pobreza actual, sino en nuestra incapacidad para romper el círculo vicioso que condena a estos niños a repetir la historia de sus padres. Sin acceso a educación de calidad, sin oportunidades reales de desarrollo, sin un entorno que les proporcione las herramientas necesarias, estamos perpetuando la desigualdad generación tras generación.
El Estado costarricense no puede enfrentar solo este desafío. Necesitamos una alianza estratégica entre el sector público y privado que vaya más allá de los programas asistenciales tradicionales. Necesitamos crear oportunidades reales de empleo digno para las familias, inversión en infraestructura educativa y programas de capacitación que permitan a los padres salir de la pobreza.
El sector privado tiene un papel crucial que desempeñar. No se trata solo de responsabilidad social corporativa, sino de una inversión a largo plazo en el capital humano del país. Cada niño que hoy vive en pobreza representa talento desperdiciado, innovación perdida, potencial económico que se desvanece por falta de oportunidades.
Las empresas pueden generar empleos dignos en las comunidades más vulnerables, establecer programas de capacitación técnica para padres y madres de familia, crear becas de estudio y centros de cuido que permitan a las familias trabajar sin descuidar a sus hijos. Los ejemplos exitosos existen en otros países y demuestran que cuando el sector privado se compromete genuinamente, los resultados son transformadores.
Los niños no pueden esperar. Su desarrollo no se detiene mientras nosotros debatimos. Su cerebro se forma ahora, sus oportunidades se definen hoy. Mañana será demasiado tarde para muchos de ellos.