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Costa Rica enfrenta una crisis sanitaria sin precedentes que se desarrolla silenciosamente en nuestros centros educativos. Los datos de la IV Encuesta Nacional sobre Consumo de Sustancias Psicoactivas del IAFA son devastadores: 45 mil colegiales de entre 15 y 19 años vapean constantemente, lo que representa el 13% de la población estudiantil en educación diversificada. Esta cifra se ha triplicado en apenas cuatro años, pasando del 4% en 2021 a niveles epidémicos actuales.
Esta no es una crisis accidental. Es el resultado de una estrategia calculada y despiadada, que ha encontrado en los vaporizadores la herramienta perfecta para enganchar a una nueva generación de consumidores.
Como bien señala la Red Nacional Antitabaco (Renata), nuestros niños y adolescentes están comprando estos productos “por moda”, sin comprender las graves consecuencias que esto tendrá en sus vidas. La realidad es que están siendo víctimas de publicidad prohibida que llega hasta las cajas de los supermercados, normalizando el consumo de nicotina en las edades más vulnerables para el desarrollo cerebral.
Las consecuencias médicas del vapeo juvenil son alarmantes, la nicotina presente en muchos vaporizadores afecta directamente el desarrollo cerebral de los adolescentes, un proceso que no se completa hasta los 25 años aproximadamente. Los estudios demuestran que los jóvenes que vapean nicotina experimentan mayores niveles de ansiedad, depresión e irritabilidad, además de ser significativamente más propensos a convertirse en fumadores de cigarrillos tradicionales en el futuro. Como sociedad, no podemos seguir siendo espectadores pasivos de esta crisis. Los padres de familia deben educarse sobre los riesgos del vapeo y mantener conversaciones abiertas con sus hijos sobre estos temas. Los educadores necesitan herramientas y capacitación para identificar y abordar el consumo de vaporizadores en los centros educativos y nuestros diputados tienen una responsabilidad histórica.