
En una sociedad marcada por la indiferencia, el egoísmo, el individualismo y la prisa, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús invita a la apertura de nuestros corazones para amar, escuchar, servir y entregarse a los más vulnerables y olvidados por la sociedad.
El mejor ejemplo lo ha dado el Papa León XIV en su viaje al muelle de Arguineguín, en las Islas Canarias, símbolo mundial de la ruta atlántica, para reunirse con organizaciones de acogida humanitaria. Ahí fue voz de los que no tienen voz. Sí, una voz profética que denunció las mafias que esclavizan y explotan sexualmente y comercialmente a muchos inocentes en medio de su desgracia.
El Papa que les pone rostros a esos migrantes, que mencionan sus nombres y narran sus historias de dolor y esperanza, para recordar la dignidad de todo ser humano, aunque naveguen por las aguas turbulentas del Atlántico o del Mediterráneo.
Así, el Corazón de Jesús es un corazón abierto a los que sufren. Cristo se conmueve ante el dolor humano, y se acerca al enfermo, al pecador, al excluido, al que ha perdido la esperanza, mediante nuestro compromiso de amor con el prójimo. Por eso, nos dirá: “cuanto hicieron a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron” (Mt. 25,40). También, como el buen samaritano del Evangelio, que “se compadeció de él; se acercó, vendó sus heridas…” (Lc. 10,33-34). El auténtico discípulo del Maestro de Galilea, no pasa de largo. Su amor no es discurso vacío, sino que es cercanía, servicio humilde y solidaridad verdadera.
En la medida en que fortalecemos la relación viva y cercana con Cristo, nuestro corazón aprende a parecerse más al suyo. Como Él mismo nos dice: “aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29). De esa experiencia brotan la misericordia, el amor sincero y la capacidad de compadecernos verdaderamente de los demás. Jesús hizo visible ese amor sin límites, sobre todo hacia los pobres, enfermos y quienes cargaban con el dolor y el sufrimiento.
Contemplar el Corazón de Jesús es optar por un amor que no excluye a nadie. Un corazón traspasado, pero no endurecido; herido, pero siempre dispuesto a amar. Allí encontramos el modelo auténtico de humanidad y el camino para construir una sociedad más justa, solidaria y esperanzadora.
Por eso, la devoción al Sagrado Corazón no puede reducirse únicamente a prácticas religiosas externas; debe traducirse en una vida capaz de “alzar la mirada” con compasión y misericordia. San Pablo nos exhorta: “tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Filipenses 2,5). Esa expresión encierra todo un programa de vida cristiana. Tener los sentimientos de Cristo significa aprender a amar como Él amó, servir como Él sirvió y entregar la vida con generosidad. Significa dejar atrás el egoísmo para abrir espacio al amor.