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En su condición de Maestro, Jesús de Nazareth propone a sus discípulos un proyecto de vida en el Sermón de la Montaña y llama dichos, bienaventurados, felices a los que asumirían la justicia, la paz, la humildad, la misericordia y la pobreza. Son dichosos, felices, bienaventurados aquellos que a consecuencia de la construcción del Reino de Dios se constituyan en signo de contradicción. Por lo que serán perseguidos, derramarán lágrimas, serán calumniados.
El mismo Evangelio de San Mateo, a continuación del Sermón de la Montaña nos narra cómo Jesús Maestro llama a sus discípulos: sal de la tierra y luz del mundo. Sí, el cristiano está llamado a poner sabor a la humanidad, darle sentido a la existencia humana, siendo luz para este mundo oscurecido por el odio, el egoísmo, los deseos de venganza, la división, la mentira, la corrupción, el deseo de acumular poder económico acosta de la pobreza de las mayorías.
A partir de este marco de referencia evangélico podemos ubicar la Solemnidad de todos los santos y recordar que cada uno de nosotros está llamado a la santidad; porque, el Señor nos ha elegido «para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor» (Ef 1,4).
Nos dice el recordado y querido Papa Francisco que “la palabra «feliz» o «bienaventurado», pasa a ser sinónimo de «santo», porque expresa que la persona que es fiel a Dios y vive su Palabra alcanza, en la entrega de sí, la verdadera alegría” (Cfr. Exhortación sobre el llamado a la santidad en el mundo actual, # 64).
El mismo Papa Francisco resumió dicha Exhortación; indicando que, basta con vivir las Bienaventuranzas y practicar las obras de misericordia del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo, para ser santos. Entonces, la santidad se logra en clave de amor y servicio.
Lleva razón el Papa porque nos recuerda que al final de la vida se nos juzgará por el amor: dar de comer al hambriento y saciar al sediento; procurar la vestimenta para el desnudo y hospedaje para el migrante; visitar al enfermo y al privado de libertad. Así, lo que le hicimos al prójimo a Cristo mismo se lo hicimos. Cada hermano o hermana es un Cristo vivo.
En la historia milenaria de la Iglesia Católica, muchos santos y santas, reconocidos oficialmente, abrazaron un servicio, recordemos a San Camilo Lelis y San Juan de Dios en el cuidado de los enfermos; o en la atención a los encarcelados como hizo san Pedro Nolasco y San Ramón Nonato. O como santos educadores, don Bosco y San José de Calasanz. Precisamente, estos santos o santas consagraron sus vidas en el cuidado de cada “cristo” sufriente en los hermanos y hermanas. Tarea que no tuvo poquitas lágrimas, incomprensiones y hasta persecuciones. La invitación de Jesús sigue vigente. Pidámosle la gracia de responder con nuestras propias obras de amor.