
Lic. Larry Hans Arroyo Vargas
Abogado litigante
Hoy se abrió el portón de La Reforma y usted salió tras ocho años y una bolsa de plástico en la mano. Pagó lo que los juzgados de ejecución de la pena y la vida le cobraron por aquel robo donde todo salió mal. Camina libre. Pero su hoja de delincuencia ya cerró todas las puertas del trabajo, y la calle, esa sí, lo recibe con los brazos abiertos.
¿Cuánto cree usted que tarda un hombre así en volver a caer? A veces, lo que dura una parada de buses.
Alguien le ofrece hacer una consignación rápida… Le entregan una cajita: mercadería surtida, cincuenta mil en la calle le dicen, usted solo trae quince. La vende en medio día y le sobran veinte limpios. Usted, feliz. Lo van midiendo unos días. Después le piden mover una bolsita, avisar de algo a cierta hora, parquearse donde estorbe. Sin darse cuenta, o dándose, ya es campana: regó el agua, movió la dosis y una tarde provocó el choque que frenó a la patrulla. Y todo termina igual de siempre: de vuelta en la celda, o tapado con una sábana.
Y cuando quiere salirse, ya no puede. Vio caras, supo nombres, cargó lo que no debía. La organización no contrata: adopta. Para ellos usted vale más muerto en una acera que arrepentido en una fiscalía, porque el arrepentido habla. Así que lo amarran con plata, con miedo y con una deuda que nunca termina de pagar. La cárcel lo soltó, el hampa no piensa hacerlo.
Aquí entra el derecho, y dice algo que casi nadie ha leído. El artículo 51 del Código Penal manda que la cárcel devuelva al hombre mejor de como entró. Esa es la ley, y está escrita. La calle la cumple al revés.
Mientras un excarcelado consiga droga más fácil que un trabajo, no estamos previniendo el delito: lo estamos sembrando con nuestras propias manos.
Esta es una discusión incómoda que estamos incómodamente evitando. Si no le damos seguimiento a las personas que tienen su hoja de delincuencia manchada, como se hace en Estados Unidos, donde incluso hay sitios web públicos destinados a verificar antecedentes, y no abrimos espacio para que trabajen honradamente y sin reincidir, simplemente estamos liberando a una persona, esperando que cometa un crimen mayor, para volver a encerrarla más años y repetir ese ciclo hasta que muera en prisión o cometiendo un ilícito en la calle.
Mientras tanto, el pueblo inocente paga con sangre la incomodidad de quienes deberían proteger a la familia costarricense.
Hoy en día, las organizaciones criminales captan a sus prospectos en las mismas cárceles y tienen estructuras de seguimiento dentro y fuera de los centros penales. Hay que romper ese ciclo de forma decidida, con estudio, trabajo, asistencia psicológica y, sobre todo, transparencia con la ciudadanía. Porque no es justo que, por unos que se tapan los ojos, sean otros los que los pierdan.