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Suena el despertador por primera vez. Ha de ser poco antes de las cinco. A ciegas lo apago, deseando no haberlo puesto la noche anterior. Son unos cuantos minutos –que se sienten como segundos– hasta el próximo timbrazo. Ya para ese momento es como una zozobra en medio de una contrarreloj, porque sé que al tercero no hay más: quiera o no, voy para arriba. Prendo la lámpara más como estímulo despertador que como la guía hacia los tenis y la pantaloneta. Para ese momento los primeros rayos de sol empiezan a entrar por las ventanas.
Al rato, unos saludos. Usualmente ellas llegan primero, energéticas, con buena vibra. Un par de actualizaciones, alguna historia reciente, y a estirar. Se siente bien esa flexión en la pantorrilla apoyándome contra la pared, o luego la tensión forzada en la espalda cuando me sujeto de la barra lateral, a eso de la altura de la cintura. Es el ritual de activación, el banderazo de partida.
Primeros pedalazos. Ya para ese entonces la música de calentamiento resuena de fondo: un rockcito conocido, de esos de toda la vida, de las remembranzas diametralmente opuestas a este momento. La charla introductoria, más estiramientos guiados; se suben las pulsaciones, se siente la resistencia en las piernas o el sudor en la cara.
Me gusta cerrar los ojos porque me hace más consciente de toda una gama de sensaciones: la tensión en los brazos, el roce de la ropa, el rayo de sol que rebota en mi espalda; me hace estar más presente. Ahí, en esa oscuridad sonora, la intensidad musical marca la pauta, predice el cambio de ritmo y estimula los gritos del grupo de colegas que están en las mismas. La algarabía se contagia.
Baja luego la velocidad, una canción de pocas revoluciones, un afloje y estamos listos; nos despedimos, una foto, algún otro intercambio y las bendiciones correspondientes. Es ahí, después de eso, que empieza la verdadera gratificación, el sueldo legítimo por el esfuerzo realizado porque nada, absolutamente nada en esta vida es de gratis. Mientras camino por el pasillo oscuro, erguido, reseteado, pensando en el café que me espera, percibo el flujo de energía que me recorre de arriba abajo, las ideas que surgen espontáneas, las ganas de hacer esto o lo otro. Y una paz mental sabrosa, rica, digna de repetirse. Incluso a pesar de tener que volver a madrugar dentro de dos días.
Y no importa si se trata de tirar la bola al aro o saltar por un rebote; de la mejenga de fútbol cinco con los compas la noche del jueves; de volear en un zacatal o en la arena mientras se vacila y se habla paja; del tenis de mesa abandonado en los pasillos del colegio apenas para entrar sudados después del recreo; del –ahora– famoso pádel; de las caminatas en la montaña o más fácil aun, en el barrio; de la clase de yoga con los abrazaárboles; de los funcionales, crossfit o cualquier otro nombre o sabor de temporada; de tirar brazadas en una piscina, una poza o en el mar para intentar no ahogarse; incluso, de si la actividad laboral es demandante físicamente, con muchos pasos cada día, con diversos esfuerzos en la espalda o en los brazos.
Y tampoco importa si un día no se pudo, si el cansancio ganó la partida. La mayoría de nosotros nunca seremos deportistas de alto rendimiento ni será ese nuestro sustento en la vida.
Se trata, a fin de cuentas, sea cual sea la elección, sobre todo, de leernos, de sensibilizarnos con respecto a qué nos dice nuestro cuerpo, de cómo podemos cuidarlo y qué podemos responderle con respeto.
Sueño con un día en que pensemos en el ejercicio en función de algo distinto a la medición en la báscula; que el logro no se identifique por un número, ni por el porcentaje de grasa corporal; que las demandas sociales no importen tanto como para sacrificar las madrugadas. Estoy seguro que la ganancia real, verdadera, solo la encontraremos cuando toquemos a nuestra puerta interna, y nos permitamos mirar hacia adentro.
“Sueño con un día en que pensemos en el ejercicio en función de algo distinto a la medición en la báscula; que el logro no se identifique por un número”.