Sin tiempo para comer

El padre Larrañaga abre su capítulo del mismo título en El Pobre de Nazaret con estas apreciaciones: “Lucas nos dice que Jesús ‘viajaba por ciudades y pueblos predicando y anunciando la buena nueva del Reino de Dios’ (Lc 8,1). Fue la época dorada y feliz para Jesús, aproximadamente un semestre sin que ningún nublado se […]

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El padre Larrañaga abre su capítulo del mismo título en El Pobre de Nazaret con estas apreciaciones: “Lucas nos dice que Jesús ‘viajaba por ciudades y pueblos predicando y anunciando la buena nueva del Reino de Dios’ (Lc 8,1). Fue la época dorada y feliz para Jesús, aproximadamente un semestre sin que ningún nublado se asomara a su horizonte. No había comenzado todavía el cerco fiscalizador y amenazante de los sacerdotes y doctores en torno al Pobre de Nazaret. En fin de cuentas, en la opinión de ellos, Jesús no era más que un pobre laico que no disponía de diplomas teológicos o de credenciales de ninguna clase. De todas formas, en este primer periodo, lo dejaron en paz. Aprovechando esta situación, Jesús sometió su vida a un ritmo vertiginoso, hasta no tener, en ocasiones, tiempo para descansar ni para comer (Mc 3,7).

Era un espectáculo ver al Mesías de los pobres, rodeado de enfermos y olvidados, deambulando de comarca en comarca, acercándose a los más necesitados, hablando a pequeños grupos, dirigiéndose a grandes masas, derramando misericordia y compasión, siempre al aire libre o en el interior de las sinagogas o de los domicilios particulares, confirmando su mensaje con intervenciones milagrosas. 

Analizando los documentos evangélicos, podemos afirmar que el despliegue apostólico de Jesús en este periodo alcanzó un éxito notable, si por éxito se entiende amplios auditorios, renombre y notoriedad, y compactos grupos de seguidores incondicionales. El hecho es que, en este periodo, al Pobre de Nazaret lo sentimos contento, por no decir radiante”.

Aunque sobre su actividad apostólica, y especialmente de los milagros, le siga la “sombra” de un mesianismo mal entendido. El caso del leproso que usted puede leer en Marcos 1, 40-45. El mensaje está aquí, más que en el milagro en sí, en las actitudes de Jesús: acoger al leproso que se le acerca sin más, lo que está absolutamente prohibido, escuchar su deseo: “Si quieres, puedes limpiarme”, la compasión y misericordia, el extender la mano sobre el enfermo y el “quiero que quedes curado ahora mismo”. No obstante, el temor de que lo confundan con un Mesías de talante temporal, guerrero, libertador militar. De ahí que le ordene al leproso curado: “No se lo digas a nadie” (Marcos 1,44), lo que se conoce como el “secreto mesiánico”. Por otra parte, ¿no resultará egoísmo el que lo sigan por los milagros que hace y no por las enseñanzas que imparte con su ejemplo y su palabra?

Evidentemente que los seguidores de Jesús concebían el Reino de Dios como algo poderoso y grande ya desde el principio, y él les ha de convencer que se trata de algo “escondido” como un tesoro en el campo o como un poco de levadura que una mujer mezcla con la masa hasta fermentarla toda. El padre Larrañaga pone en boca de Jesús: “¿Han entendido la lección? Así es el Reino: un pequeño grupo, selecto, y convencido, va iluminando paso a paso a esta inmensa, dispersa y oscura humanidad con las buenas noticias del amor de nuestro Padre, y con las exigencias fraternas, hasta que la transforma en una gran familia”.

¿Quién no ha leído o escuchado alguna vez la narración de los milagros de la resurrección de la hija de Jairo y la curación de la mujer que padecía de flujos de sangre? Usted puede buscar Marcos 5, 21-43. Al realizar el milagro de la hemorroisa, nota el evangelista que Jesús “sintió”. 

El padre Larrañaga se pregunta: “¿Qué sintió? Sintió sobre sí la presión de los esfuerzos mutilados, de las esperanzas desangradas, del canto amargo de las ilusiones deshechas, no sólo de aquella mujer, sino de la humanidad entera. O, en una reacción compasiva, le afloraron todas las energías de vida y salud”.

Jesús, por su parte, pondera la fe de la mujer, y ha sido esa fe la que le ha curado. Pero la fe es más que una simple adhesión intelectual o un mero sentimiento; es un compromiso con Aquel que puede hacer milagros y, al hacerlos, garantizar la verdad de su misión y enseñanzas.

Y, en ese sentido, es la fe también la que logra la resurrección de la hija de Jairo. El mismo padre Larrañaga la describe así, después de echar fuera a los flautistas y plañideras, que se mofan de él porque ha dicho que la niña no está muerta sino dormida: “Jesús, sin dar oídos a las burlas, después que desalojaron la casa, entró en la cámara mortuoria acompañado de los padres de la niña y tres de sus discípulos. Momento sobrecogedor. 

En medio de la zozobra infinita de los cinco asistentes, Jesús, nadando entre las olas de la compasión y de la certidumbre, concentrado en sus abismos, y convocando a las potencias de la vida, tomó de la mano a la niña, y sólo dos palabras pronunció: Talita cumi (muchacha, levántate). 

Y la niña se levantó. Jesús les dijo que le dieran algo de comer. Una vez más, también en esta oportunidad les ordenó severamente que no contaran a nadie lo sucedido, ya sabemos por qué motivos”.

El lector puede comprender la insistencia de Jesús en que no se hable del milagro pero, al igual que en nuestros días y siempre la gente sigue a Jesús en la devoción de María y los santos, más que nada, por los milagros que, además, si se dan no los hacen ellos, sino sólo Dios, y no para atender y vivir las enseñanzas de Jesús, en su condición de Maestro, en imitar las virtudes de su Santa Madre y los santos.

De ahí la decepción y desaliento en Jesús, de lo que trataremos en un próximo escrito, Dios mediante.