Si queremos un sistema educativo fuerte, debemos empezar por formar docentes fuertes

Josué Sánchez Director Escuela Educación Universidad Fidélitas

Durante varios años, Costa Rica ha venido atravesando un momento complejo en la preparación de sus maestros y profesores. El informe más reciente de la Contraloría General de la República (2025) señaló vacíos y oportunidades de mejora en ciertos programas de educación privada, y esa es una alerta que no podemos ignorar. Si el futuro de nuestros niños y jóvenes depende en gran parte de quienes los guían en las aulas, ¿cómo aseguramos que esos docentes estén realmente preparados para los desafíos del presente y del mañana?

Una respuesta está en los planes de estudio que se atreven a romper con esquemas tradicionales, donde la metodología de enseñanza/aprendizaje STEM es un pilar fundamental. La docencia de hoy no puede limitarse a transmitir solamente contenidos.  Necesita basarse en el constructivismo, en el aprendizaje por competencias y en metodologías activas que coloquen al estudiante en el centro del proceso y al profesor como un guía de ese aprendizaje. 

Ese giro metodológico, iniciado en distintos espacios académicos desde hace algunos años, busca cultivar en los estudiantes habilidades como el pensamiento crítico, la resolución de problemas y la capacidad de generar respuestas pertinentes frente a realidades cambiantes, que son aspectos clave hoy.

Más allá de un cambio superficial, el rediseño curricular que hemos impulsado en los últimos tiempos incorpora ejes contemporáneos como el neurodesarrollo, la inclusión digital y la innovación educativa. En un aula del siglo XXI, con su diversidad de caracteres, contextos y ritmos, estos conocimientos no son un lujo: son imprescindibles. Si un profesor no domina estas herramientas, difícilmente podrá acompañar a sus estudiantes en un mundo marcado por la tecnología y la complejidad social.

Pero la teoría, por sí sola, no basta.  Ya los resultados lo demuestran. La experiencia en centros educativos, el trabajo de campo y la reflexión constante sobre la práctica son los espacios donde los futuros docentes comprueban de primera mano lo aprendido y lo contrastan con la realidad. Como bien señalan Schwartzman, Tarasow y Trech (2019), la verdadera transformación surge de la interacción entre experiencia y reflexión.

Formar a un docente hoy significa preparar profesionales integrales que sepan ser, hacer y convivir, con pensamiento crítico, capacidad de innovar y sensibilidad para guiar a una generación que crece en medio de profundos cambios sociales y tecnológicos. En ese perfil, la ética, el compromiso con la sociedad y el dominio de las herramientas digitales no son añadidos, sino parte central de su identidad profesional.

Este enfoque en la formación docente impacta tres dimensiones esenciales: la educativa, al impulsar metodologías que revitalizan el aprendizaje; la social, al forjar profesionales comprometidos con la equidad y el respeto por la diversidad; y la tecnológica, al integrar de manera creativa recursos digitales, gamificación o realidad aumentada que preparan a los estudiantes para desenvolverse en la sociedad digital.

La educación es hoy uno de los mayores retos de nuestro país, pero también la oportunidad más grande. En momentos en que la confianza en la calidad formativa se tambalea, resulta inspirador ver cómo algunos programas de estudio como de la institución que represento están demostrando que es posible preparar docentes innovadores, reflexivos y comprometidos.

La pregunta que queda sobre la mesa es simple, pero urgente: ¿estamos dispuestos, como país, a multiplicar y respaldar estos esfuerzos?