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A lo largo de muchas décadas, Costa Rica brilló en el mundo por su modelo de desarrollo, y también por el ejercicio de una política exterior fundada en el Derecho Internacional y la paz. Modesto en lo económico y sin recursos estratégicos de los que hacer alarde, nuestro país tuvo la capacidad de navegar con éxito y sin complejos en las turbulentas aguas del mundo haciendo gala de una autoridad moral inversamente proporcional a sus recursos de poder. Fue la nuestra una política internacional respetada no solo por su prestancia ética y solvencia democrática, sino también por su capacidad de garantizar a nuestros conciudadanos un entorno estable y seguro para el crecimiento y el desarrollo. Porque hay que recordar, como decía Thomas O´Neil, quien fuera el presidente de la Cámara Baja del Congreso de los EE. UU. durante muchos años, “toda política es local”; porque si no da réditos tangibles a la gente a la que se debe, tanta brillantez sirve para poco.
Nuestra gestión fue especialmente capaz de mantener la parsimonia y nuestros márgenes de autonomía relativa durante los años de la Guerra Fria. En ese marco, Costa Rica optó por construir una alianza estratégica con los Estados Unidos, la potencia hegemónica regional, frente a la fuerzas del comunismo internacional de aquel entonces, encabezado por la Unión Soviética y sus aliados. Esa alianza, sin embargo, no impidió que nuestro país se mantuviera alejado de los regímenes militares y violadores de los Derechos Humanos favorecidos por Washington, los adversara en los foros internacionales, acompañara las iniciativas para desnuclearizar al mundo, sostuviera en voz alta su vocación pacifista sustentada en la proscripción constitucional de fuerzas armadas como institución permanente, e incluso llegara a enfrentar políticas de desestabilización regional promovidas por el gobierno estadounidense, la mayor de las cuales fue sin duda la desarrollada por la Administración Reagan en Centroamérica, la cual fue sistemáticamente resistida y por último derrotada, por medio del Plan Arias y su desenlace, el proceso de Esquipulas.
Y así fue en otros momentos: Don Pepe aprovechó el “deshielo” en los años 1970 para establecer relaciones, primero comerciales y después diplomáticas, con el mundo socialista. Don Luis Alberto Monge proclamó la Neutralidad Activa y No Armada para aguarle la fiesta a los halcones que querían consolidar en Costa Rica un segundo frente de la “contra”. Don Abel le metió el freno a las negociaciones del Tratado de Libre Comercio cuando aquello se desbocaba. Y así por el estilo en otros momentos. Todo ello sin lesionar los vínculos reales y de mutua conveniencia con la potencia y más bien consolidándolos de forma notable y sin precedentes en América Latina. Mientras que los viejos aliados dictatoriales perdían asidero en la región, Costa Rica se convirtió en la vitrina del exitoso modelo de Estado Benefactor promovido por Roosevelt y Kennedy, este último, a pesar de promover la política de Seguridad Nacional que tanto dolor causó en este hemisferio. Fue entonces gracias a una combinación virtuosa de habilidad, pragmatismo (del bueno), flexibilidad, liderazgo, buenos diplomáticos, sinceridad y correcta amistad, que nuestro país fue capaz de aprovechar tanto la Alianza para el Progreso, como los programas de intercambio académico, desplegar el potencial de la política ambiental durante la administración de don José María Figueres Olsen, y a participar en plataformas de lucha conjunta antidrogas que todavía hoy están vigentes. Todo eso y más, con seriedad y lealtad, a veces discrepando pero en la mayoría de ellas coincidiendo sin sumisión ni servilismo. Hoy vemos que aquella ruta tan beneficiosa y digna se desdibuja y se abandona sin beneficio alguno. ¡Cuánta razón tenía mi mamá cuando nos aleccionaba diciendo: “mijitos, recuerden que es mejor ser deseado que no sobrado”!