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Varios índices internacionales establecen que San José, junto con Caracas, es la ciudad más cara de América Latina: un 30% más cara que Nueva York y más cara que cualquier otra capital de América Latina. Una ciudad carísima.
Además, digamos las cosas con franqueza: el centro urbano de San José está mal iluminado y es altamente contaminado, intransitable e inseguro.
Atravesar el centro de la ciudad de noche es casi como sumergirse en un burdel urbano de prostitutas y travestis en las calles. Si llueve, a fines de la tarde, da tristeza ver a miles de ciudadanos empaparse en las colas de unas paradas de buses pequeñas, no funcionales e insuficientes.
Lo peor es la inseguridad: el centro de la capital está lleno de maleantes y carteristas. Para no hablar de los olvidados de la sociedad que pululan y duermen en cartones, a vista y paciencia de una ciudadanía que pasa a su lado y ha dejado hasta de verlos.
Los josefinos para ir a cenar en familia o compartir con amigos, no vamos al centro de la ciudad. Tomamos camino rápido hacia cantones de la periferia. Nadie quiere ir al centro de nuestra ciudad capital, excepto de día y para trabajar o cumplir con un trámite judicial. El tránsito es insoportable.
Todo esto explica la bajísima votación en el cantón central: el josefino no se siente parte vital y rechaza existencialmente el centro de su ciudad.
De muchacho, iba con mis padres caminando al cine Aranjuez y al Variedades. Después cenábamos en algún buen restaurante. Hacíamos ese recorrido a pie, sin miedo, seguros, en una ciudad en que daba gusto caminar. La ciudad era luminosa, aunque no tenía los faroles de ahora que, aunque bonitos y afrancesados, alumbran poco y, con su luz mortecina, dan la sensación de que en cualquier momento te asaltan.
Ni hablar de las vueltas por la avenida central, buscando novia para tomarse un café o, después, en épocas universitarias, beber una cerveza de noche y disfrutar de habladas políticas, poéticas y filosóficas en algún bar de buena bohemia. Ese San José no existe más.
Ahora, de día, el centro de la ciudad lo controlan los vendedores ambulantes y, de noche, da grima y hasta miedo legítimo atravesar el casco urbano.
Buenos ciudadanos y organizaciones civiles, están haciendo un esfuerzo titánico para cambiar esa triste visión y abrir espacios de cultura, de arte y de turismo. Lo hacen en el barrio Amón y por el lado del barrio Escalante o cerca del Estadio Nacional. Son acciones extraordinarias y privadas que se deben apoyar fuertemente desde el sector público, en la búsqueda del tiempo perdido y de un pasado que se quiere volver a hacer presente.
Don Johnny Araya tiene un reto titánico que afrontar en su nueva gestión como alcalde. Va a requerir de mucho trabajo, imaginación y bastante apoyo ciudadano, recursos del Poder Ejecutivo, los bancos y el INS que están en el centro urbano. Se necesitará liderazgo y un gran esfuerzo institucional.
Literalmente, hay que reconstruir y recuperar existencialmente a San José.