
Mientras en el mundo muchas naciones sufren de incontables maneras por carecer de una verdadera democracia, Costa Rica vuelve a mirarse en el espejo, preguntándose quién quiere ser, y todos los ciudadanos estamos invitados a la mesa para decidirlo.
Los costarricenses no somos pasivos ni acríticos; somos analíticos, reflexivos, conscientes del peso de las palabras y de los actos. Señalamos lo que no funcionó, lo que podemos hacer mejor, lo que nos decepcionó y lo que queremos en un futuro cercano. Pero la democracia costarricense añorada en otras latitudes no se sostiene solo en lo que pensemos o comentemos en un parque, en el trabajo o en la mesa familiar; se sostiene, sobre todo, en lo que hacemos cuando nos llega el momento de asumir y resolver.
Es común expresar molestia con los gobernantes del pasado, con razones válidas: decisiones postergadas, discusiones estériles, proyectaos inconclusos, entre otras. Esa inquietud y desazón pueden ser muy reales; sin embargo, hay una realidad que conviene mirar de frente: los rumbos no se definen sin participación. La democracia, como forma óptima de organización para un país —con sus ventajas y debilidades—, funciona mejor cuando la ciudadanía no afloja en su deseo de ser una mejor sociedad y así disfrutar de sus beneficios.
Por eso nos inspiran tanto las historias que nos recuerdan cómo actuamos cuando asumimos nuestra parte, cuando no aflojamos, como el caso de Sherman Guity, velocista paralímpico costarricense: superando obstáculos, entrenando sin atajos, entendiendo que el resultado es consecuencia directa de la acción y de la capacidad de resolver las dificultades. En cada competencia internacional no solo muestra velocidad; muestra carácter. No esperó condiciones ideales ni a que otros hicieran lo que le correspondía. Asumió con responsabilidad y ganó.
Ahí está también la futbolista Priscilla Chinchilla, saliendo de Alajuela para competir en escenarios más exigentes, asumiendo el peso de representar a un país pequeño sin complejos ni excusas. El hecho de que hoy sea parte de la plantilla femenina del Atlético de Madrid no se explica por golpes de suerte, sino por su actuar, por decisiones firmes y por la convicción de que cumplir con la tarea propia también abre camino.
Sherman y Priscilla no esperaron a que alguien más resolviera por ellos. No se quedaron en la queja ni delegaron su esfuerzo. Entendieron algo esencial: había que pensar, asumir y, sobre todo, actuar.
Eso mismo ocurre con las decisiones que estamos a punto de tomar y que marcarán el rumbo del país. Es el momento preciso para que la ciudadanía actúe y decida su porvenir.
En nuestro día a día como ciudadanos, muchas de las condicionantes que inciden en esa vida cotidiana —como normas, obligaciones (incluidas las tributarias y su destino), límites, derechos y aspiraciones sociales y económicas se definen desde instancias que algunos perciben como lejanas, por autoridades que ejercen su mandato durante años, a veces “de manera inconsulta”. Esa dinámica puede generar la percepción de que el margen de influencia individual es reducido. Sin embargo, hay un momento singular en el que esa relación se equilibra con agudeza: la jornada electoral en la que todos acudimos a votar. Es el instante en que la ciudadanía define, de manera directa, pacífica y democrática, quiénes asumirán la responsabilidad de decidir en nombre de todos durante el siguiente período. No es un gesto simbólico; es uno de los espacios reales en los que el poder ciudadano se expresa y puede incidir en las posibilidades de una mejor cotidianidad y de un futuro deseable. Comprenderlo así refuerza la idea central de la democracia: votar no es delegar sin más, sino hacerse cargo del rumbo que tomará el país, es resolver.
Elegir la Presidencia y las Diputaciones no es una varita mágica: no soluciona de inmediato lo pendiente ni garantiza resultados perfectos. Pero sí determina quiénes tendrán la responsabilidad de enfrentar los retos y los problemas, de rendir cuentas y de tomar decisiones en nombre de todos. Participar votando es la forma más básica, pero también, la más poderosa de asumir ese proceso y actuar como demanda nuestra historia.
Quienes resulten electos deberán gobernar para toda la ciudadanía, incluso para quienes no compartan su visión. Así funciona la democracia. Pero la exigencia de coherencia, seriedad y compromiso tiene más peso cuando proviene de una ciudadanía que estuvo presente y decidió.
Ser costarricense no es solo celebrar los logros ajenos ni emocionarse en los momentos altos.
Es entender que el país se construye también en actos discretos, sin aparente épica, sin cámaras ni aplausos. Votar es uno de esos actos valientes que todos podemos y debemos cumplir: es una manera clara y honesta de decir yo no aflojé, yo asumí, yo resolví y sigo integrando activamente una democracia ejemplar, respetada y deseada por muchos países. Hagámonos cargo.
Nota: Este texto refleja únicamente opiniones del autor sin fines político-partidarios y no compromete ni representa necesariamente la posición institucional del Tribunal Supremo de Elecciones.