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Están, desde luego, ciertos fármacos, como sedantes, que pueden ayudar en situaciones de emergencia, pero que no atacan al mal en la raíz. Otras “soluciones”, como la droga, el alcohol y algunas formas de evasión, que no lo son realmente porque el enemigo está dentro y hay que enfrentarlo “con los ojos abiertos porque no hay manera de escaparse de uno mismo”, que advierte el Padre Larrañaga. Los remedios que aquí expondremos son de varias clases y están al alcance de todos, aunque no de una efectividad inmediata, pero sí real.
“El primer remedio”, explica nuestro autor, “consiste en no resistirse a la obsesión misma; todo a lo que se resiste o se reprime, no solo no se suprime, sino que contraataca con mayor violencia. Resistirse mentalmente equivale a apretarse contra algo, y todo apretarse es angustiarse, sentirse angosto, apretado. La obsesión, si se la dejara, dejaría de apretar y, simplemente y por sí misma, se esfumaría”. Y se sufre porque, como lo afirma Tony de Mello, “sufrir es oponerse a la realidad”. Esto en todo. Por lo mismo, empezar por dejar que las cosas sean lo que son. Aceptar, no rechazar. Y, en nuestro caso, “dejar consiste en aceptar que ocurra aquello que se teme. Aceptar que no vas a dormir, aceptar que no vas a actuar brillantemente ante aquellas personas, aceptar que estos o aquellos no te quieren, aceptar que hayan hablado mal de ti, no haber acertado con el proyecto…”, concluye el mismo Padre Larrañaga. En efecto, solo con este aceptar disminuirían muchas de mis obsesiones y algunas desaparecerían por completo.
El segundo remedio está en ir adquiriendo la capacidad de desligar la atención, interrumpir a voluntad la actividad mental, dominando pensamientos y emociones que dejan de “ir a la libre”. Todo ello no se logra tan fácilmente y sin esfuerzo. Hay que ejercitarse en lo que se conoce como “vacío mental”. Se trata, en resumen, de ahorrar energía mental, descansar y fortalecer la mente para hacer frente y superar la obsesión y de ese modo entrar a gozar de la paz y el gozo de vivir. Insisto en que los logros son lentos, difíciles, pero eficaces y seguros. Ello nos ha de invitar cuanto antes a hacer lo debido de acuerdo a las enseñanzas que vayamos teniendo y la voluntad de llevarlas a la práctica.
El Padre Larrañaga, a propósito, trae en su libro “El arte de ser feliz”, una advertencia que hay que tener en cuenta no solo para este mal de las obsesiones sino la mayor parte de carácter psicológico: “Las obsesiones en algunos casos desaparecerán completamente y quizá para siempre, pero no les sucederá así a quienes, por constitución genética, son portadores de tendencias obsesivas. Estos deberán permanecer atentos todo el tiempo porque en el momento en que se haga presente un estímulo exterior o les llegue una fuerte fatiga, pueden entrar, de nuevo, en crisis”.
La salvación, en general, en este caso como en otros no nos vendrá del cielo. La libertad no es un don, es una conquista.