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La gente paga la luz todos los meses. Y la paga con plata, no con discursos.
Hay un hecho simple que explica por qué este tema importa: cuando una casa, un negocio o una empresa usa más de 300 kWh al mes, la electricidad en Costa Rica se vuelve más cara que en varios países de Centroamérica.
¿Quiénes usan más de 300 kWh? No solo “los grandes”.
Familias normales de cuatro o cinco personas. Hogares con teletrabajo. Pulperías, sodas, panaderías, talleres, lavanderías y clínicas pequeñas. Comercios que necesitan refrigeración, hornos, iluminación y equipos para trabajar.
Y si la luz es más cara, pasa lo inevitable: producir cuesta más, vender cuesta más, y al final los precios suben.
En ese contexto se discute el proyecto de “armonización” del sistema eléctrico. Suena bien. Pero aquí está el problema: tal como está, no garantiza que la luz baje.
¿Por qué? Porque el proyecto habla de mercados, pero deja lo más importante “para después”. Y cuando todo queda para después, la factura llega hoy.
Si no hay reglas claras en la ley para que entren nuevos competidores y nueva electricidad a tiempo, el país termina usando opciones más caras cuando aprieta la demanda. Eso se refleja en la factura.
En cristiano: una reforma que no baja la luz no ayuda al bolsillo. Y cuando la luz es cara, todo es más caro.
La gente no necesita promesas. Necesita que la luz sea más barata y más predecible. Si la reforma no se nota en el recibo, no está resolviendo el problema real.