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Ordenando papeles de pronto me encontré con un viejo álbum de fotos que ya había dado por perdido y de repente la niebla azul de la nostalgia me devolvió en el tiempo a mis años de infancia, la casa de bahareque donde creció mi niñez, la cocina de leña de mi madre con su perpetuo gato “patas pa’arriba” bajo el fogón, la esotérica canción de los largos aguaceros sobre el tejado, el calorcito junto a la cocina y la foto del matrimonio de mis abuelos colgando de la cal de aquellas memorables paredes de barro.
Resulta casi mágica la capacidad de asombro y de añoranza que nos despierta, nos desempolva y nos revive una simple fotografía, el instante atrapado en un suspiro del tiempo, esa imagen ya borrosa que nos remite a lejanos besos y marchitas alegrías, pero sobre todo -y esto es algo que solo llegamos a entender cuando han pasado los años- podemos valorar con mayor lucidez la vida plena y sencilla de aquellas épocas, de arraigados valores y cimentados principios, donde no hacía falta ser rico ni millonario para convivir en armonía dentro del cuenco fraterno de la paz familiar, lo cual no se compra con ningún dinero.
Hoy día, en medio de la descomposición moral y humana en general que ha encontrado nido en el seno familiar, somos impotentes testigos de la disfunción en las familias, porque es ahí precisamente donde se fraguan, se aprenden y se interiorizan las primeras nociones de respeto, tolerancia, solidaridad.
Hoy somos impotentes testigos de una juventud desorientada, pendiente más de la tecnología que de una sana convivencia y es que por Internet no se aprende a vivir, los celulares no nos enseñan a amar, las “redes sociales” nos empujan a ser antisociales, nunca como ahora se ha cumplido aquella estrofa del tango “Cambalache”, que Enrique Santos Discépolo compuso allá por los años veinte del siglo pasado: “vivimos revolca’os en un merengue/y en un mismo lodo todos manosea’os”
Esta crisis, esta metástasis, esta descomposición social, esta triste degradación de nuestros jóvenes no se va a solucionar con solo entregar computadoras a los escolares o con que el papá le regale un celular a su hijo para el cumpleaños, se trata de inculcar valores desde la más tierna infancia.
Esto siempre lo supieron mis abuelos, incluso sin siquiera haber ido a la escuela, sin redes sociales y sin Internet, siempre supieron poner los límites y otorgar derechos para criar hombres y mujeres de bien; esos mismos abuelos que hoy me miran desde la eterna oquedad de lo imposible, cuyo retrato ya no estará colgado en aquella salita cálida y humilde, pero que lucirá para siempre al lado de la más perfecta “Mona Lisa” en la gratitud de la galería de mi propio corazón, que a partir de hoy seguirá palpitando … ¡EN SEPIA!
*Poeta y músico