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Aún recuerdo ese sótano lleno de personas que acudieron a una conferencia de prensa. En la escalera de acceso se habían ubicado las cámaras de televisión bloqueando la salida. Me encontraba presidiendo la mesa principal acompañada por visitantes norteamericanos que no entendían que estaba ocurriendo cuando comenzó a temblar, las paredes crujían y un extraño ruido brotaba de la tierra.
Era el 22 abril de 1991, Limón era azotado por el sismo más fuerte que jamás se haya registrado en Costa Rica. No había forma de salir, así que permanecí sentada tratando de tranquilizar a los americanos explicando que se trataba “solo” de un terremoto… el público, asustado, comenzó a moverse con precaución entre la prensa y poco a poco abandonó el lugar… yo solo rezaba para que la estructura aguantara y no quedáramos ahí enterrados.
Terminó la conferencia y de inmediato me trasladé a Zapote, estaba segura de que mi marido ya tendría información sobre los daños y el estado de mis hijos. En el breve recorrido desde Los Yoses vi mucha gente todavía en las calles, asustados, rezando, valorando entrar sus las casas, algunas con vidrios rotos y grietas… y por un instante regresé a mi infancia, recordé ver al Angel de la Independencia en el suelo, edificios enteros totalmente destruidos, cientos de casas en ruinas e imágenes de gente siendo rescatada entre los escombros…
Al llegar a la Presidencia, ya había los primeros reportes: el epicentro había sido Limón, con una magnitud de 7.7, los heridos ya estaban siendo trasladados a los hospitales y había daños estructurales en la carretera al puerto, la mayoría de los puentes habían caído y varios trailers se habían volcado… Limón estaba aislado y muchas comunidades de la región incomunicadas.
El saldo: sesenta y nueve personas perdieron la vida y 660 personas resultaron heridas, el hotel de Limón había colapsado, varias viviendas y edificios habían sufrido daños que iban desde grietas hasta derrumbes… y sin embargo, los expertos decían que podía haber sido peor dada la magnitud del evento. Los recientes terremotos alrededor del mundo nos han recordado que la fuerza de la naturaleza obliga a estar preparados para enfrentar los desastres naturales tal y como lo hemos hecho aquí desde hace muchas décadas.
En 1949 se reformó la Ley N°833 de Construcciones y en 1974, se promulgó el primer Código Sísmico, elaborado por una comisión de cinco ingenieros estructurales. Dicho código fue impulsado por la Universidad de Costa Rica y el Colegio Federado de Ingenieros y Arquitectos tras el terremoto de Managua de 1972, convirtiéndose en Ley de la República en 1977.
Costa Rica es un país con una importante actividad sísmica y gracias a este Código Sísmico, vigente desde hace más de 50 años, se han construido estructuras seguras y resistentes, mitigando así el nivel de destrucción y muerte que hemos presenciado en otros países, lo que nos debe llamar a la reflexión sobre la visión y el compromiso de tantos profesionales, funcionarios y políticos, instituciones y universidades que a lo largo de más de cinco décadas se han unido para ofrecer sus conocimientos, compartir su experiencia, tomar decisiones, asumir responsabilidades y dar respuestas a la amenaza que representa la sismicidad en nuestro territorio.
Ellos, la mayoría personas cuyo nombre desconocemos, así como los cientos de voluntarios y miembros de la Comisión de Emergencia, los Bomberos, la Fuerza Pública o la Cruz Roja, se han encargado, por décadas, de prevenir, gestionar y atender las emergencias en Costa Rica, todos merecen nuestro reconocimiento y eterna gratitud. ¡Gracias!