
Como poder explicar el orgullo que uno siente cuando se tiene oportunidad de conversar en el extranjero con personas de diferentes nacionalidades y todas, sin excepción, manifiestan su admiración por Costa Rica. Algunos nos conocen solo por referencia, otros muchos cuentan sus experiencias tras haber visitado nuestro país, por vacaciones o trabajo.
Recién tuve la oportunidad de platicar con un médico americano quien me comentó que, desde hacía muchos años, visitaba nuestro país. Él trabaja para una empresa que produce prótesis aquí y desde siempre le había llamado la atención la capacidad y calidad de nuestros técnicos y profesionales, todos graduados de nuestras universidades lo cual era, para él, sorprendente para un país tan pequeño y en vías de desarrollo que, además, contaba con legislación laboral digna de admiración.
Como turistas en nuestro país, no dejaban de alabar la belleza de nuestras playas y bosques y la variedad de fauna y flora que habían podido disfrutar. Resaltaban el hecho que como país hubiéramos tenido la capacidad de proteger nuestra bio diversidad y que éramos un verdadero ejemplo para seguir por cómo se había revertido la deforestación y se había legislado para prohibir la caza y el maltrato animal.
Otros simplemente resaltaban la educación de nuestra gente, su amabilidad y el buen trato al extranjero en hoteles y centros turísticos. Aquellos que habían podido visitar nuestros campos, interactuar con nuestros campesinos y degustar nuestros platillos típicos se mostraban encantados, pues si bien eran poco sofisticados con relación a otras gastronomías en América, les parecían simplemente deliciosos. Por supuesto que no faltó quien hiciera referencia a la calidad del café costarricense como uno de los mejores del mundo. Pero lo que realmente les sorprendía era nuestra historia como pueblo que había podido vivir en democracia y en paz en una región donde las dictaduras militares, las guerrillas, la desigualdad y la miseria habían sido la triste realidad de los países hermanos que por décadas se habían desangrado en luchas fratricidas, mientras que Costa Rica había podido invertir en educación, salud, vivienda, programas sociales y desarrollo.
Sí, personas de las más variadas nacionalidades y culturas, reconocen y aprecian las bondades de nuestra tierra y transmiten su admiración por un pueblo, que aún con sus defectos, errores y limitaciones, ha sabido sobresalir en América y el mundo.
Es inevitable no sentirse orgulloso de ser costarricense tras estos encuentros, ciudadanos del mundo que nos recuerdan lo mucho que le debemos a los antepasados que nos heredaron una patria digna de admiración, que supo anteponer intereses político-partidistas para construir un Estado Social de Derecho que le permitió prescindir del ejército para invertir en salud, vivienda popular y programas sociales; un país pionero en la protección de la biodiversidad, un pueblo cuya inversión en educación y cultura ha permitido tener los índices más bajos de analfabetismo en el Continente y universidades públicas del más alto nivel; hombres y mujeres que ante todo valoran la bendición que significa vivir en democracia, con trabajo digno, justicia social, respeto a los derechos humanos, libertad y paz.
Sí, es inevitable no sentirse orgulloso cuando basta mencionar que uno es de Costa Rica, para que la gente te sonría con amabilidad y reconozca la trayectoria, el legado y la historia de nuestra Patria.