
Cada 17 de mayo se conmemora el Día Mundial del Reciclaje, una fecha establecida por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) con el propósito de promover una mayor responsabilidad sobre el tratamiento de los residuos.
No se trata de una celebración simbólica, sino de una invitación clara a transformar hábitos, sensibilizar a la población y adoptar una verdadera cultura de sostenibilidad ambiental.
Costa Rica ha sido históricamente reconocida como una nación verde, defensora del medio ambiente, con una imagen positiva en foros internacionales y políticas ambientales ejemplares en el papel.
Sin embargo, la realidad interna nos obliga a revisar esa narrativa con ojos críticos.
La gestión de los desechos sólidos enfrenta serias dificultades: recolección deficiente, baja clasificación en origen y una mínima valorización final de los residuos.
A pesar de las campañas, la normativa y los esfuerzos institucionales, seguimos sin consolidar una cultura efectiva de separación y aprovechamiento.
Las cifras lo confirman.
Según datos del Ministerio de Salud, el reciclaje ha retrocedido de forma alarmante. Mientras en 2023 se alcanzó un 8,3 % de recuperación de materiales, en lo que va de 2025 esa cifra cayó a menos del 4 %.
Lo anterior, a pesar de que en 2023 se generaron más de 1,7 millones de toneladas de basura, de las cuales solo se recuperaron 250 mil. Las cifras actuales no solo evidencian un estancamiento, sino un retroceso que compromete los avances logrados en años anteriores.
La sostenibilidad no se sostiene sin compromiso ciudadano y acción institucional. Si queremos que la imagen internacional de Costa Rica como país verde se mantenga, debemos actuar con coherencia y urgencia.
Es momento de dejar atrás los discursos decorativos y convertir la educación ambiental, el reciclaje y la economía circular en ejes centrales de la política pública y de la vida cotidiana.
El planeta no puede esperar más. Y Costa Rica, si realmente desea seguir liderando en sostenibilidad, debe cambiar de visión y actuar en consecuencia. Nuestra proyección internacional debe estar a la altura de nuestro compromiso ambiental real.
“Es momento de dejar atrás los discursos decorativos y convertir la educación ambiental, el reciclaje y la economía circular en ejes centrales de la política pública”.