Racismo, violencia y política

La lucha no violenta no es un invento de nuestros días. Pero nunca ha sido tan actual, tan realista, tan posible y necesaria como hoy. Tiene su origen en la conciencia de una superioridad intelectual y en el convencimiento de que con métodos bárbaros no se puede dar forma a una sociedad más humana. No obstante, el odio y la violencia en la edad de la bomba de hidrógeno y de la conquista del espacio no son medios adecuados para construir una sociedad más humana en los estados industrializados y desarrollados. 

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La lucha no violenta no es un invento de nuestros días. Pero nunca ha sido tan actual, tan realista, tan posible y necesaria como hoy. Tiene su origen en la conciencia de una superioridad intelectual y en el convencimiento de que con métodos bárbaros no se puede dar forma a una sociedad más humana.

No obstante, el odio y la violencia en la edad de la bomba de hidrógeno y de la conquista del espacio no son medios adecuados para construir una sociedad más humana en los estados industrializados y desarrollados. 

A primera vista, la palabra raza parece ser inocua, de manera figurativa puede significar cualquier categoría de personas o animales relacionados con ciertas características que los definen. Sin embargo, en el fondo se trata de un concepto de identidad, pero también de distinción y de discriminación que se asocia fácilmente con características físicas, de facciones y tez.

Es claro que la lucha no violenta es hasta ahora la forma más sublime, más pura y, a la larga, la más eficaz de todas las revoluciones. No solo transforma estructuras sociales deshumanizadas, sino también a los seres humanos. Esa revolución no piensa en estrechas nociones de raza, clase, nación y religión, debe ser global y razonable.

El racismo debe ser considerado como una de las realidades más injustas y rechazables que existen. Las manifestaciones de la violencia racial consiguen, prácticamente, una repulsa pública, llegando a dar la sensación de que terminan ahí, en esas situaciones que parecen aisladas y excepcionales a ojos de quienes ni las sufren o quienes las desconocen.

El racismo determina las vidas de las personas, y demoniza el color de piel u origen, en los medios de comunicación. Al mismo tiempo que faveliza y guetifica los barrios de procedencia, porque según los predicadores del odio y la violencia estos barrios fomentan actos violentos permanentes.

Es difícil establecer la frontera donde empieza el odio, pero para reducir el odio es necesario predicar con el ejemplo. Sin duda alguna el odio es mal consejero porque en muchas ocasiones nace de la ira provocada por la injusticia, la crueldad o el abuso del poder, y detrás de ese odio se encuentra el amor afligido del prójimo.

Al odio no podemos suprimirlo del mundo con buenas intenciones. La tarea consistirá en impedir que el odio pueda servirse de la fuerza atómica, es decir, no dejar el poder en las manos de una persona, de un clan, de un grupo o de una nación a las que pueda unificar el odio.

Como medidas nacionales o internacionales contra la propagación del odio, se estiman que las medidas legales, nacionales o internacionales, son secundarias porque apelan a la disuasión, al miedo y al castigo, es decir, a algo que humanamente no es muy elevado.

Por último, las grandes religiones e iglesias podrían realizar esfuerzos por acercar y contribuir para desarraigar el odio, impulsando una atmósfera de tolerancia y respeto.

 

*Director Ejecutivo Asociación Salvemos El Río Pacuare