Quince minutos

Los quince minutos de fama que nos prometió Andy Warhol que tendríamos son el único chance de decir quiénes somos realmente. Algunos alcanzan notoriedad sin proponérselo al salvar una vida, al salir ileso de un golpe de meteoro, al conseguir el dinero necesario para la operación urgente de alguien que apenas conoce, al defender a […]

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Los quince minutos de fama que nos prometió Andy Warhol que tendríamos son el único chance de decir quiénes somos realmente. Algunos alcanzan notoriedad sin proponérselo al salvar una vida, al salir ileso de un golpe de meteoro, al conseguir el dinero necesario para la operación urgente de alguien que apenas conoce, al defender a alguien que ha quedado solo en la batalla, rezagado, al declarar el amor a los cuatro vientos y tragarse las consecuencias. Son esos chances que la vida ofrece muy pocas veces y se asumen con valentía, y los aplaudimos. Saltan de repente en el momento oportuno y nos dejan boquiabiertos frente a su acción.

Lo mismo puede ocurrir en todos los campos cuando alguien sabe qué decir desde la política, la filosofía, la ciencia, el arte, la literatura o la religión. Nos asombran por su comprensión de la condición humana y les quedamos para siempre agradecidos. 

Pero, y todos sabemos que hay truco en esto, existen los ocurrentes, los que, necesitados de atención, pueden hacer cualquier cosa por un instante en la televisión. Saltan y los vemos chiquititos como son, y no les da ninguna pena, pues lo que necesitaban era eso, atención instantánea.

Decir que un niño no muere si no recibe educación cuando sabemos que se apagará poco a poco y su vida será un infierno sin oportunidades de vivir. Una ocurrencia, sí. O asesorar diputados para hacer una ley que prohíba tener algún tipo de sexo, el campo es infinito si se pone usted a pensar, y dedicar una vida entera, decenio tras decenio, ocupada en saber con quién o quiénes se acuesta cada uno de nosotros, pues ella necesita saberlo y juzgarlo y prohibirlo. Una vez cada tanto le llega un micrófono y nos vuelve a decir cuál sexo es bueno y cuál es malo, a nosotros, adultos con cédula, porque ella se horroriza ante tanta variable. Pero consigue sus quince minutos, que es lo que finalmente quiere. 

Amarrar gente para que trabaje más, o andar un arma eliminando vidas humanas, hacer explotar un oleoducto, asaltar una tienda llena de cámaras, embutirse un traje dos tallas menos, las posibilidades son infinitas. Cualquiera tiende a esa fama efímera, pero les da satisfacción saber que acapararon las noticias por un par de minutos. 

Escribir con un marcador sobre una obra de mármol, ¿cómo no se nos había ocurrido esa? Llevo el marcador o “pilot” en el bolsillo, ¡guau, qué idea! y escribo mi opinión sobre el artista y sus obras en rojo para que se vea bien, ¡brillante!

Ya lo sabe, solo tendrá quince minutos. Piense bien cómo quiere ser recordado. No improvise. Si sabe que los tendrá, no los desperdicie.