¿Quién me ha quitado el mes de abril?

TUNEZ, CARTHAGE.- Cuatro años han pasado de la revolución democrática en Túnez, que provocó la huida del dictador Zine el Abidine Ben Ali, y este pequeño país del norte de África parece ser el único caso exitoso de la “primavera árabe” que arrancó justamente en aquí, en el año 2011. Lo es a pesar del salvaje atentado de hace casi un mes, perpetrado por un grupo jihadista ligado a ISIS, un hecho provocado por agentes externos, sin duda enconándose contra el éxito tunecino. Fue un hecho doloroso, pero un lunar dentro de un país que avanza, que hace síntesis inteligentes entre el pasado y el presente y que explica —desgraciadamente— la lógica destructiva del terrorismo islámico.

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TUNEZ, CARTHAGE.- Cuatro años han pasado de la revolución democrática en Túnez, que provocó la huida del dictador Zine el Abidine Ben Ali, y este pequeño país del norte de África parece ser el único caso exitoso de la “primavera árabe” que arrancó justamente en aquí, en el año 2011. Lo es a pesar del salvaje atentado de hace casi un mes, perpetrado por un grupo jihadista ligado a ISIS, un hecho provocado por agentes externos, sin duda enconándose contra el éxito tunecino. Fue un hecho doloroso, pero un lunar dentro de un país que avanza, que hace síntesis inteligentes entre el pasado y el presente y que explica —desgraciadamente— la lógica destructiva del terrorismo islámico.

He venido unos pocos días a Tunisia y a Cartago, invitado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), a una reunión de los Retos del Milenio Post-2015 (SDGs), para examinar el caso de este país, el de Ruanda, Filipinas e Indonesia, y me he encontrado con una sociedad moderna y sensata, que ha logrado hacer la síntesis entre su antiguo y milenario pasado (desde la conquista fenicia en el VII antes de Cristo hasta el púnico de la época de Aníbal; después el Romano, y a partir del siglo VII de nuestra era, la cultura islámica) hasta el torbellino de estos tiempos, que incluye desde la democracia representativa y el mercado que lo invade, desde Europa, EE.UU. y Asia.

La celebración de las elecciones legislativas de Túnez de meses pasados fue una buena noticia. Demostró que el cambio de 2011 puede generar avances, si se alinean las condiciones sociológicas y políticas apropiadas. No solo fueron las segundas elecciones libres después de la “primavera”, sino que significaron algo más: alternancia del poder. Permitió que la fuerza ganadora entonces, el islamista pacífico Ennadha, hubiese reconocido su derrota y le cediera el poder al gobierno laico de Nida Tounes. Y el reconocimiento de la alternancia significa siempre un signo de madurez y de evolución en una democracia. Algo impensable todavía en el complicado Egipto actual o, bien, en el monárquico Marruecos.

¿Por qué el terrorismo islamista perpetró el ataque del 18 de marzo contra el Museo del Bardo aquí en Túnez, también un país islámico? La respuesta es simple. Precisamente porque la transición a la democracia se ha convertido en un modelo en este país, pese a las dificultades que dominan la región. Ya lo fue hace 13 años, al sufrir el atentado de Yerba, tan mortífero como el del Bardo.

Los ataques sufridos por Túnez evidencian que el verdadero enemigo del fundamentalismo islámico y sus células no son Occidente o el cristianismo, sino la democracia misma. La teocracia fundamentalista ligada a ISIS y a otras formas del jhidamismo encuentra en la libertad de ideas y en el ámbito de la democracia representativa su némesis fundamental. ¿Quién le quiere quitar el mes de abril a Túnez, su dulce primavera árabe y su democracia? El propio terrorismo islámico. Lo quieren castigar por su éxito

AVANCE. Así van las cosas en esta región del mundo. Mientras el resto de los países del África mediterránea que vivieron su primavera hace 4 años siguen sufriendo revueltas, caos e inestabilidad (Libia sigue siendo una bomba de tiempo; Egipto parece haber sustituido su autoritarismo por uno igualmente ominoso, y Argelia se bambolea en crisis incesantes), esta sociedad avanza lentamente.

El día sábado he tomado unas horas para caminar por la vieja Medina de Tunicia (un bazar árabe que viene del siglo XVII con todas las de ley, olores, incienso, y la hermosa artesanía, telas y mosaicos de esta región del mundo) y me he encontrado con un pueblo sereno y sonriente. Mohamed y Sinar —una joven pareja que vende aceites y perfumes, en una tradición de alambiques de varias generaciones para atrás— me lo dicen en pocas palabras: lo único que queremos es paz, nueva vida y comerciar. Justo como los fenicios que llegaron hace 28 siglos.

 

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