
Dulce Rodríguez
Profesional en comunicación en el sector bananero
Hay una forma de colonialismo que no llega en barcos ni se impone con ejércitos. Llega con cámaras, titulares e informes. Es el colonialismo de las narrativas: el poder de decidir qué historia merece ser contada y cuál debe ser silenciada.
Hoy, buena parte de la imagen internacional de la agricultura tropical no se construye en Costa Rica, Ecuador, Colombia o Guatemala, sino en redacciones europeas, oficinas de ONGs y universidades que hablan sobre nosotros con una autoridad que rara vez conceden a quienes viven esta realidad.
El resultado es un relato repetido hasta el cansancio: el banano latinoamericano es explotación, contaminación y abuso. Una historia donde siempre hay víctimas y culpables, donde la industria jamás mejora y cualquier avance es, por definición, propaganda.
La pregunta es evidente: ¿quién decidió que esa es la única historia que merece ser contada?
En diciembre de 2024, una periodista francesa llegó a Costa Rica para preparar un reportaje sobre la industria bananera. No nos enteramos de su visita hasta que había regresado a su país. En enero 2025 conversamos con ella de forma virtual.
Le presentamos información técnica, investigaciones científicas, indicadores de sostenibilidad, datos económicos y evidencia de la transformación de la industria. Cuando el reportaje se publicó aparecieron únicamente los testimonios, imágenes y afirmaciones que respaldaban la tendenciosa historia que había decidido contar desde el inicio. La información que aportaba contexto, equilibrio o una visión distinta desapareció.
Lo más preocupante es que este caso no es una excepción, es un patrón. Existe un mercado para historias donde América Latina siempre aparece como el villano ambiental y Europa como la conciencia moral del planeta. Ese relato genera clics, consigue financiamiento, justifica campañas y organizaciones cuya relevancia depende de demostrar, año tras año, que la agricultura tropical sigue siendo el problema.
Porque si el problema desaparece, también desaparece la razón de ser de quienes lo denuncian.
Mientras tanto, la realidad es menos conveniente para esa narrativa: en Costa Rica el banano genera cerca de 40.000 empleos directos y unos 100.000 indirectos; empleos dignos, con un salario superior al mínimo y seguridad social. Además, recicla el 100% del plástico y protege más de 10.000 hectáreas de bosque. Detrás de cada caja exportada hay investigación científica, vigilancia fitosanitaria, innovación tecnológica y miles de familias cuya calidad de vida depende del banano.
No digo que la industria sea perfecta, no lo es; tiene desafíos reales y debe seguir mejorando. Lo que cuestiono es cómo una opinión se convierte en sentencia antes de investigar y la evidencia solo se acepta cuando confirma una conclusión previa.
Este sesgo político genera una relación de poder, similar a una nueva forma de colonialismo: uno que ya no administra territorios, sino relatos; que ya no decide qué países producen riqueza, sino cuáles tienen derecho a explicar su realidad.
La historia del banano no puede seguirse escribiendo únicamente desde miles de kilómetros de distancia. Debe ser contada por quienes conocen el campo, generan conocimiento científico, producen alimentos y viven las consecuencias de las decisiones narradas desde la comodidad de una redacción europea.