¡Que vuelva la paz!

Mons. José Rafael Quirós Arzobispo Metropolitano de San José

Fecha de publicación:

Fecha de modificación:

La palabra paz ha acompañado el nombre de Costa Rica. En otras latitudes nos identifican como país de paz, que optó por abolir el ejército como institución permanente y por ser un pueblo amante de la paz.

El anhelo de paz que nos identifica está presente en nuestra historia, en nuestras instituciones, en nuestra vocación democrática y hasta en los símbolos con los cuales expresamos nuestro amor a la patria. Así, nuestro Himno Nacional termina con una aspiración que generaciones enteras de costarricenses hemos cantado: «¡Vivan siempre el trabajo y la paz!» 

No obstante, las circunstancias sociales, políticas, económicas, culturales y de criminalidad ponen en alto riesgo nuestra paz.  No debemos cerrar los ojos ante realidades que golpean cada vez con mayor crudeza a Costa Rica. La paz se ha perdido en muchas familias. Se ha perdido en hogares donde la agresión, el miedo, el abandono o la violencia han sustituido el diálogo y el afecto. Se ha perdido en algunos de nuestros barrios, donde familias honestas comienzan a “encerrarse” temprano porque sienten miedo. Se ha perdido en comunidades en las que el narcotráfico y la criminalidad disputan espacios que deberían pertenecer a nuestros niños y jóvenes.

También, se pierde cuando la agresividad se apodera de nuestras palabras y dejamos de escucharnos; y, cuando la pobreza es expresión de violencia estructural. 

Hace pocos meses, los obispos de Costa Rica dirigimos una Carta Pastoral a nuestro pueblo precisamente ante la realidad de violencia que estamos experimentando. La titulamos: “La paz esté con ustedes” y afirmamos: «El recorrido por la historia bíblica nos lleva a decir que la paz tiene dos características: es un don y una tarea. Proviene de Dios, pero también le corresponde al ser humano pedir, transmitir y custodiar ese don». Por eso, todo costarricense amante de la patria es un artesano de paz. 

Como muchos compatriotas, me niego a considerar que la violencia sea el destino de Costa Rica. Me niego a aceptar que tengamos que acostumbrarnos a contar muertos según las estadísticas. Me niego a aceptar que una madre deba sentir miedo cuando su hijo sale de casa. Me niego a aceptar que nuestras comunidades puedan ser arrebatadas por quienes comercian con la muerte. 

Pero negarnos a aceptar esta realidad no significa ignorarla.  La tarea patriótica será transformar nuestra sociedad y dejar a un lado la indiferencia. 

Así, la paz es fruto de la justicia. De la cosecha de oportunidades educativas para invertir en prevención más que en represión. De familias conscientes capaces de construir la paz en el seno de sus hogares.

Roguemos a nuestro Señor Jesús que nos trajo su paz, que entre en nuestros hogares, cure heridas y sufrimientos. Que camine por nuestros barrios y campos, para proteger a nuestros niños, niñas y jóvenes. ¡Que vuelva la paz a nuestro querido país y a nuestros corazones!