¡Qué su corazón de misionero nunca se apague!

EDITORIAL

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Las campanas resonaron con fuerza desde Roma hasta Lima. Con el anuncio del nuevo Papa, León XIV, el mundo católico no solo recibió a su pontífice número 267, sino también a un símbolo de los tiempos: un hijo de migrantes, con alma americana y corazón latinoamericano, profundamente comprometido con los que más sufren.

Robert Francis Prevost, de 69 años, fue elegido como el nuevo pastor de la Iglesia. 

Y con él, llega una historia de entrega, de cercanía con los marginados y de fidelidad al Evangelio desde las periferias.

De nacionalidades estadounidense y peruana, y miembro de la Orden de San Agustín, su elección marca continuidad con el legado de Francisco, pero también abre un capítulo inédito. 

El nuevo Pontífice conoció la pobreza de cerca, caminó con humildad por barrios del Callao y abrazó causas sociales sin buscar protagonismo. Fue misionero antes que jerarca. Pastor antes que príncipe. 

Hombre de silencios que transforman y palabras que curan.

“¡Qué León XIV no sea solo un sucesor, sino un protagonista!

¡Que su misión trascienda. Qué su voz no tiemble!”

Esperamos de corazón que León XIV honre el legado de quien le antecedió: el papa Francisco, que supo gobernar con amor, humildad y firmeza. 

Que su voz no se diluya ante las injusticias, que no tema alzarla por quienes no pueden hacerlo. 

Que no limite su misión a los llamados simbólicos, sino que actúe, como lo hizo Juan Pablo II frente a los totalitarismos que cayeron tras su testimonio valiente.

Ojalá que viaje, que abrace pueblos, que pise tierras golpeadas, que agradezca en persona a quienes lo formaron. 

No hay gesto más potente que el de un Papa que toca la realidad con los pies descalzos del alma. Muchas veces, una sola visita papal no solo alienta: cambia destinos, reescribe historias.

Anhelamos también que sea contundente frente a los abusos sexuales cometidos por miembros del clero. Que su tolerancia sea cero, sin matices. Que predique con el ejemplo, en austeridad, transparencia y reforma. 

Que sea un León, como su nombre lo indica, pero también como lo fue León XIII: un defensor de la justicia social, un reformador que entendió que la Iglesia no puede dar la espalda a los pobres.

Hoy nace una esperanza. Que León XIV no sea solo un sucesor, sino un protagonista del tiempo que le corresponde vivir. Un tiempo difícil, pero profundamente sediento de fe, verdad y consuelo. Que su pontificado no pase inadvertido, que sea semilla en tierra fértil. 

Que su misión trascienda. Que su voz no tiemble. Que su corazón no olvide a los que caminan descalzos.