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Es posible que una de las cosas más complicadas de este idioma español es poder comentar o escribir científicamente sobre esta lengua que hablamos casi 500 millones de personas, tanto como en su origen materno, como segundo idioma.
Cuando algunos amigos me han pedido que les hable o explique sobre el porqué de muchas cosas del idioma, a veces he tenido que dibujar con pocas palabras, lo que me llevaría muchas explicaciones. Así, a modo de ejemplo, digo que muchos profesionales apenas conocen nuestro idioma a nivel de avioneta, siendo su obligación de manejarlo a nivel de jet privado de lujo.
Pero en materia del lenguaje, no podemos esgrimir excusas, como son los raquíticos programas de la enseñanza del español. Todavía recuerdo cómo en quinto año, en uno de los colegios capitalinos, la profesora de español me puso un cero, todo porque según ella, en el examen de los tiempos verbales, yo tenía un “forro” [papelito para poder copia en el examen]; es lo que en España se conoce como “chuleta”, “chivo” en Cuba y Guatemala, “polla” en Ecuador, “chepe” en Honduras y “trencito” en Uruguay, etc. Ese “descubrimiento” de mi exprofesora [cuyo nombre ni recuerdo, como lo justificó con el psicoanálisis un tal Segmund Freud], fue una “sacada de clavo” [venganza, desquite], porque en muchas ocasiones, le demostré que con mi poca edad yo sabía más del idioma que ella… O sea, el “forro” no era tal.
Pero esto de “forro” que empleamos en C.R. se aplica para el preservativo en Argentina y Uruguay.
Ya he citado esto del idioma a nivel de jet privado de lujo y la comparación con una avioneta. Mientras que uno bien puede alcanzar los mil kilómetros por hora y la capacidad de poder volar a más de 8.000 metros de altura, amén de la elegancia y presentación, de caché [distinción, elegancia] la otra, apenas va a unos 250 kilómetros por hora, uno o dos motores, etc. y lo más evidente del símil, es la poca altura a la que pueden volar.
Un lexicógrafo es la persona [hombre o mujer] que se dedica profesionalmente a la creación o hechura de diccionarios. Pero para poder dedicarse a este negocio o asunto, debe tener bases sólidas en latín, griego clásico, otras lenguas y en especial, alguillo de su lengua materna; en nuestro caso, del idioma español.
Aún para poder compilar o recopilar lo que conocemos como costarriqueñismos, se debe contar con una buena base del idioma español. Eso es así, porque cada palabra que utilizamos los ticos de modo coloquial, es decir, familiar, informal, debe ser direccionado hacia el idioma estándar o internacional. Debe primar la sinonimia [condición de ser sinónimas o equivalentes las palabras].
De acuerdo con los datos estadísticos sobre la probabilidad de vida en este país, he “quemado” el 85% de mi cuota personal y eso me obliga a ir dando por terminados mis tantísimos trabajos científicos sobre el español y el inglés.
Pero por ser tan grandes [500 páginas tamaño carta o más, cada uno], tales como términos médicos tematizados y diferentes niveles, sinónimos de términos científicos, de la rima y otros más, de etimología [más de 1.000 páginas] creo a nadie le pueden interesar para ser publicados, por su elevadísimo valor económico.
Pero no olvido el tema principal de este comentario, con el que trato de explicarle al lector [ella y él], de modo simplificado de lo que es un lexicógrafo. Como es lógico pensar, las palabras ya tienen un significado que es lo que aparece justamente en los distintos diccionarios.
Pero la labor del verdadero lexicógrafo es confrontar las explicaciones de los lexicones con los diferentes textos científicos, etc. Inclusive, hasta animarse o atreverse a ampliar los criterios o significados, eso sí, con una plena demostración de capacidad científica y lingüística y en especial, sin “batear” [sin inventar o mentir]. Y la mejor demostración de si tiene o no conocimientos aquella o aquel que se cree un “lexicógrafo”, es poder demostrarles a las distintas empresas editoras sus errores conceptuales, ortográficos, etc. Y la culminación [una especie de Premio Nobel de “piso’e tierra”], de plena capacidad lingüística, es poder criticarle a la Academia española de la Lengua, sus errores de bulto. Dicho con palabras pedantes: ir de lo mundano, a lo divino.
Así es cómo, entonces, antes de liquidar o consumir el resto del 15% que supongo aún me queda de vida o de convertirme en un “alzheimérico” [palabra ya publicada bajo mi firma en otro comentario], he empezado a imprimir y para todos mis hijos -rencores aparte-, gran parte de mis trabajos que durante casi 25 años me han proporcionado una especie de droga: la del verdadero conocimiento y ampliación de mi capacidad lingüística que me permite y ha permitido moverme en casi todos los campos del conocimiento.
Y para quien se interese por demostrar si conoce algo del idioma español, tengo larga, una larguísima lista de errores de distintos en igual distintos diccionarios especializados o de uso ordinario. A ver quién me enseña por lo menos uno o dos.
*Etimólogo y lexicógrafo