
De niño yo quería ser abogado. No sabía bien qué hacía un abogado, pero lo imaginaba de pie, hablando fuerte, ganándole la discusión a todo el mundo. Tal vez usted también lo soñó, o lo sueña un hijo suyo en este momento. Pocas carreras despiertan esa ilusión tan temprano, y vale la pena preguntarse por qué.
Pregúntese usted una cosa: ¿cuánto de lo que soñábamos era verdad y cuánto era mito?
El Derecho enamora desde temprano porque promete algo noble: ponerse de pie por el que no puede defenderse solo. De niños no vemos los códigos ni los plazos; vemos al que dice la verdad cuando nadie más se atreve, al que pone orden donde hay abuso. Esa imagen es hermosa, y en el fondo es cierta. Pero, como todo lo que se admira de lejos, viene envuelta en mitos que conviene desarmar con cariño.
El primer mito lo cargué yo mismo: creer que el buen abogado es el peleón, el que discute sin ceder y levanta la voz hasta convencer. La verdad es casi la contraria. En estrados, el que grita pierde; el que escucha, gana. El expediente no se mueve con carácter, se mueve con argumento, y el argumento se construye en silencio, leyendo lo que el otro pasó por alto.
El segundo mito es la labia. De niños creemos que el abogado convence porque habla bonito. Pero un tribunal no se gana con frases lindas, se gana con norma vigente y prueba ordenada. Habrá visto usted colegas tímidos, de palabra sencilla, desarmar a oradores brillantes con un solo documento bien colocado.
El tercer mito es el más tierno y el más caro: que ser abogado es plata fácil y prestigio asegurado. La realidad es que detrás de la incorporación hay años de estudio, comienzos lentos, noches enteras sobre problemas ajenos y, muchas veces, el mejor consejo es el que menos se cobra: no demande, mejor arregle.
Por eso le digo sin rodeos: el buen abogado no es el que más fuerte habla, es el que mejor escucha. El Derecho no premia a quien quiere ganar discusiones, premia a quien quiere resolver problemas.
Y aun así, después de desarmar cada mito, entiendo perfectamente a quien sueña con esto, porque yo pasé por ahí. La ilusión del niño no estaba equivocada, solo veía la mitad: veía la voz y no el estudio, veía la pelea y no el servicio. Cuando esa otra mitad aparece, el sueño no se apaga; madura. Ojalá las universidades y el Colegio cuiden esa vocación temprana con verdad, sin venderla como fama ni asustarla con la carga.
Si de niño usted quiso ser abogado, no se equivocó de sueño. Solo no sabía que el Licenciado abriga menos por fuera de lo que pesa por dentro, y que su verdadero brillo no está en la sala llena, sino en la lámpara encendida a medianoche, sobre el problema de alguien más, al que llamamos nuestro cliente.
