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Aún no amanecía y ya había movimiento en la casa. Se encendían las luces, se empacaban productos, se revisaba la lista de precios, se alistaban las muestras, se abría la cajuela del carro y se verificaba por última vez que nada quedara atrás. Para muchas personas emprendedoras en Costa Rica, así comenzaban algunos de sus días: con esfuerzo, ilusión y una pizca de nervios.
El espíritu emprendedor se convirtió en un pilar de la economía nacional. Según los registros del Ministerio de Economía, Industria y Comercio (MEIC) y de la Dirección General de Apoyo a la Pequeña y Mediana Empresa (Digepyme), actualmente hay en el país 27.020 pymes registradas y 870 emprendedores formales. De ese universo, el 90% corresponde a microempresas: más de 24.000 personas que día a día luchan por sostener sus ideas de negocio.
Cada stand en una feria de emprendimiento representa no solo productos y servicios, sino también sueños, sacrificios y decisiones valientes. Decisiones como dejar un empleo estable para construir una idea propia, invertir los ahorros familiares, solicitar un préstamo, capacitarse, experimentar, equivocarse… y volver a empezar.
Caminar por una feria de emprendimiento no debería ser solo un paseo. Es una oportunidad para reconocer el valor de lo local, de acercarse a quienes fabrican con sus manos y su tiempo cada producto. Comprar en una feria es mucho más que adquirir algo bonito o útil: es inyectarle esperanza a un sueño que sigue en pie gracias al apoyo de quienes creen.
Las ferias de emprendimiento, cada vez más frecuentes en centros comerciales, bancos, parques y comunidades, son una vitrina importante para estas pequeñas empresas. En ese recorrido uno encuentra desde productos alimenticios artesanales, textiles y ropa, artículos de belleza y cuidado personal, hasta servicios profesionales, manualidades, soluciones tecnológicas y productos agrícolas.
No es casualidad que dentro de las actividades más frecuentes entre personas emprendedoras predominen la alimentación y la gastronomía (23,2%), los textiles y la confección (17,6%) y las artesanías y manualidades (10,9%). En otras palabras, gran parte de lo que consumimos diariamente lo ofrecen personas que dinamizan el país desde abajo, con esfuerzo y compromiso. Entonces, ¿por qué no considerarles entre nuestras opciones de compra?
Las estadísticas también reflejan que muchas de estas personas se desempeñan en áreas de alta demanda como salud, belleza, cultura, comercio, servicios digitales e incluso agricultura. Son ciudadanos que se adaptan, que innovan y que aprenden lo necesario para ofrecer calidad.
Por eso, vale la pena planificar nuestra economía personal y familiar para apoyarles. Tal vez ese regalo de cumpleaños pueda venir de manos de una artesana nacional, o ese pastel que necesitamos para una celebración pueda salir del emprendimiento de una familia vecina. A veces, la diferencia no está en el precio, sino en el propósito.
Apoyar a quienes emprenden es apoyarnos entre todos. Cada producto vendido representa no solo un ingreso, sino una validación: alguien cree en lo que hago, alguien apostó por mi esfuerzo. Y ese gesto, que para nosotros puede parecer pequeño, puede ser lo que mantenga vivo un sueño, una meta, una familia.
Así que la próxima vez que pase frente a un stand, deténgase un momento. Escuche, pregunte, valore. Y si puede, compre. Porque detrás de cada mesa preparada hay alguien que madrugó con la esperanza de que ese día, alguien como usted, le dé una oportunidad.