“Peregrino de lo Absoluto”

Así define León Bloy al ser humano en cuanto sujeto de fe. Y antes de referirme a María, mujer de fe, deseo profundizar un poco sobre la esencia de esa virtud teologal, vida del cristiano. El padre Larrañaga, a propósito, repite que “Dios está, pues, más allá y por encima de nuestras dialécticas, procesos mentales, […]

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Así define León Bloy al ser humano en cuanto sujeto de fe. Y antes de referirme a María, mujer de fe, deseo profundizar un poco sobre la esencia de esa virtud teologal, vida del cristiano.

El padre Larrañaga, a propósito, repite que “Dios está, pues, más allá y por encima de nuestras dialécticas, procesos mentales, representaciones intelectuales, inducciones y deducciones. Por eso, nuestra fe es una peregrinación, porque tenemos que seguir buscando el rostro del Padre entre sombras profundas”.

Y lo hacemos fundamentalmente por las huellas que ha dejado en el camino que andamos: las maravillas de la creación, su grandeza y hermosura. Lo que equivale a deducir que detrás de lo creado y la misma vida natural ha de haber necesariamente una inteligencia creadora, poder único que lo ha hecho todo. Mejor, que lo está moviendo todo. Es Dios, cuyo misterio tratamos de descifrar mediante la fe, pues transciende el ámbito de nuestra razón y sentidos. Dios está por encima. Está o, mejor, “es” en otra órbita. Nos transciende. Nada de este mundo, por lo tanto, puede alcanzarlo. Sólo la fe. Y esto en nosotros, y en el caso de María, igual.

En consecuencia, insiste el padre Larrañaga, “conquistar a Dios consiste en dejarse conquistar por Él. A Dios se le puede asumir, se le puede acoger. En una palabra, el Señor Dios es, fundamentalmente, objeto de fe. No podemos ‘agarrar’ a Dios. Es imposible dominarlo intelectualmente. Somos caminantes. Siempre partimos y nunca llegamos”. Lo que genera tensión y guerra, insatisfacción y nostalgia.

Decimos que Jesús es el Revelador de Dios Padre. Al mostrárnoslo, aunque con palabras e imágenes humanas, crece nuestra nostalgia infinita por Él, pues nos viene a afirmar que el Padre es mucho más grande, admirable, magnífico e incomparable que lo que se puede soñar, pensar, imaginar. El equivalente de aquello de san Pablo: “Los ojos nunca vieron, los oídos no oyeron y el corazón humano jamás podrá imaginar lo que Dios tiene preparado para los que le aman” (1°Corintios 2,9). Y crece la nostalgia de conocerlo y amarlo, poseerlo y gozarlo. Mientras tanto, no queda otra que seguir caminando… El padre Larrañaga concluye: “Todo el que es devorado por la angustia, es un caminante”. Aquello de san Agustín: “Nos has hecho, Señor, para ti, y nuestro corazón andará inquieto mientras no descanse en ti”. Definitivamente, el ser humano un “peregrino de lo Absoluto”. Esa insatisfacción es la otra cara de la nostalgia de Dios y nos torna en caminantes que buscan el rostro de Dios. O, dicho de otra manera, la bondad, el amor, la belleza, la verdad, la felicidad… En fin, de Dios mismo, del que andamos necesitados, hambrientos y sedientos. Pero que, de momento, nos resulta inalcanzable. De ahí, el caminar y caminar. El padre Larrañaga escribe: “Símbolo de esa fe fue la travesía que hizo Israel desde Egipto hasta la tierra de Canaán. Ese desierto que, los blindados modernos hoy día cruzan en pocas horas, para Israel fueron 40 años de arenas, hambre, sed, sol, agonía y muerte”. Así es la vida de fe, una peregrinación en el desierto en busca de una “tierra prometida”, el mismo Dios, principio y fin de todo.

Habida cuenta de que en el trayecto se dan algunos vislumbres del Dios tras el que vamos, a la luz del “rayo tenebroso”, que es la fe, “para los peregrinos que buscan de verdad el rostro de Dios”, observa el padre Larrañaga, “no hay cosa más pesada que la ausencia del Padre –aunque para el ojo de la fe, que ve lo esencial, Él siempre está presente-. Y no hay dulzura más embriagadora que cuando el rostro del Padre comienza a asomarse detrás de las nubes”.

En todo caso y como a los israelitas en el desierto, nos puede sobrevenir la crisis del desaliento, el miedo y el deseo de volver atrás. Asustados, también nosotros comenzamos a gritar: “Moisés, ¿dónde está Dios? ¿Está o no está, realmente, Dios con nosotros?” (Éxodo 17,7). Otro tanto les sucede a personajes sobresalientes de la historia de la salvación, quienes han de gritarle al Señor que les dé su mano para no sucumbir en el naufragio de la vida (véase Génesis 15,8; Jueces 6,17; 1 Samuel 10,1-7). Sí, vivir la fe es una peregrinación fatigante, como la larga travesía del desierto para el pueblo de Dios.

Pero, advierte el padre Larrañaga, “llegará el día de la muerte. En ese día acabará la peregrinación, llegará la liberación y contemplaremos eternamente, el rostro del Padre resplandeciente”. Y será el amor, la vida, la patria infinita de Dios. Vivir, para siempre, sumergidos, invadidos y compenetrados por el resplandor de una presencia que todo lo cubrirá y todo lo llenará, y repetiremos eternamente: ¡Oh Padre, infinitamente amante e infinitamente amado! Habremos llegado al fin a nuestro fin. Por ahora, hay que seguir peregrinando… en la fe.