Pecador entre pecadores

Me refiero a Jesús al ser bautizado por Juan en el Jordán. Pero, antes la pregunta: ¿No se conocían Jesús y Juan Bautista? El que nos trae el dato es Juan Evangelista: “Yo no le conocía” (Juan 1,33). Lo dice el Bautista. ¿Cómo es posible siendo como eran parientes? No obstante, a la luz de los evangelios podemos hallar la explicación. Ante todo, no sabemos cuántos años permaneció la Sagrada Familia en Egipto. Es muy probable que el tiempo y la distancia contribuyeran a enfriar las relaciones familiares. Por otra parte, y concretamente Lucas, después de indicar que el niño Juan “crecía”, añade inmediatamente que “vivió en el desierto” (Lucas 1,80) hasta su manifestación pública, de lo que podemos deducir que lo llevaron allí, al desierto, desde la misma niñez o, al menos, desde la adolescencia. Y lo que pudo ocurrir, -es una hipótesis- es que sus padres murieran pronto, por la “avanzada edad” de la madre al concebirlo (véase Lucas 1,7). O, bien, debido a lo asombroso del nacimiento y expectativas que creó el nacimiento de Juan, sus padres decidieron consagrarlo al Señor desde su misma niñez.  

Fecha de publicación:

Fecha de modificación:

Me refiero a Jesús al ser bautizado por Juan en el Jordán. Pero, antes la pregunta: ¿No se conocían Jesús y Juan Bautista? El que nos trae el dato es Juan Evangelista: “Yo no le conocía” (Juan 1,33). Lo dice el Bautista. ¿Cómo es posible siendo como eran parientes? No obstante, a la luz de los evangelios podemos hallar la explicación. Ante todo, no sabemos cuántos años permaneció la Sagrada Familia en Egipto. Es muy probable que el tiempo y la distancia contribuyeran a enfriar las relaciones familiares.

Por otra parte, y concretamente Lucas, después de indicar que el niño Juan “crecía”, añade inmediatamente que “vivió en el desierto” (Lucas 1,80) hasta su manifestación pública, de lo que podemos deducir que lo llevaron allí, al desierto, desde la misma niñez o, al menos, desde la adolescencia. Y lo que pudo ocurrir, -es una hipótesis- es que sus padres murieran pronto, por la “avanzada edad” de la madre al concebirlo (véase Lucas 1,7). O, bien, debido a lo asombroso del nacimiento y expectativas que creó el nacimiento de Juan, sus padres decidieron consagrarlo al Señor desde su misma niñez.

Ahora, ¿qué significa “desierto” en este caso? Sin duda que hace referencia al Monasterio de Qumram en la región desértica de Judá. El padre Larrañaga escribe: “Una serie de circunstancias y coincidencias nos llevan a esta conclusión. En primer lugar, el Monasterio estaba situado a pocas leguas del lugar en que Juan estaba actuando. En segundo lugar, Juan practicaba y preconizaba un ascetismo riguroso, el mismo misticismo, la misma espiritualidad, incluso con las mismas apelaciones al juicio divino que en el Monasterio. En tercer lugar, y sobre todo, en el Monasterio se practicaba también el bautismo como rito de iniciación, que Juan habría adoptado, aunque con objetivos un tanto diferentes. Admitiendo, pues, la hipótesis de que “desierto” (Lucas 1, 80) significa el Monasterio de Qumram, donde, por las investigaciones arqueológicas de 1947, se sabe que había también niños y familias enteras, la adolescencia y juventud de Juan habrían transcurrido en ese lugar. Esta serie de datos nos hace más comprensible el desconocimiento mutuo de los dos egregios parientes”.

Todo esto previo, pasamos al hecho de ser bautizado por Juan en el río Jordán.

Recordemos que el bautismo de Juan tenía un carácter marcadamente penitencial. Primero predicaba la conversión y a quienes se reconocían pecadores y confesaban sus pecados, les bautizaba como rito “para el perdón de los pecados” (Marcos 1,4; Lucas 3,3). ¿Y Jesús? Puesto en la fila de los pecadores también busca la “remisión de los pecados”. Ahora bien: ¿por qué someterse a una condición que no tiene, pues es el Hijo de Dios, el sin pecado y el impecable? El padre Larrañaga nota que “los tres Sinópticos tienden a restar importancia al bautismo de Jesús, y lo tratan sesgadamente, colocándolo más bien como una plataforma para realzar la teofanía y la proclamación de Jesús como Hijo amado de Dios. Incluso, tenemos la impresión de que Mateo intenta adelantarse a una posible objeción cuando nos dice que Juan quiso disuadirlo, diciéndole: ‘Soy yo quien necesita ser bautizado, ¿y tú vienes a mí?’” (Mateo 3,14).

El mismo autor añade: “Aquí resuenan las disonancias de la Escritura, cuando Pablo, casi como quien no quiere la cosa, nos sorprende con una terrible y atrevida expresión, afirmando que a aquel que no conocía pecado, Dios “lo hizo pecado por nosotros” (Corintios 5,21); es decir, Dios identificó legalmente al Hijo con el pecado, e hizo que pesara sobre él la maldición inherente al pecado. Todo esto culminará en la cruz, pero aquí, a la orilla del río, la humillación es aún más lacerante, porque el Pobre desciende a las aguas envuelto en el barro de la inmundicia humana, pasando como un pecador entre los pecadores. Hemos llegado a la última plataforma de la Encarnación: el Santo de Dios, siendo impecable, sometido a toda semejanza de pecado, hecho ‘pecador’ con los pecadores, para elevarlos a la santidad de Dios”. 

Recordemos, eso sí, que las palabras centrales del episodio del Jordán “este es mi Hijo amado en quien me complazco” están tomadas de Isaías 42 y se refiere claramente al Siervo de Yahvé, el Pobre de Dios, el mismo Pobre de Nazaret: “He aquí mi Siervo, mi Elegido, en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre él: dictará la ley a las naciones. No vociferará ni alzará el tono, nadie oirá su voz en la calle. No cascará la caña quebrada, y no apagará la mecha mortecina” (Isaías 42, 1-3).

Es el Jesús que vamos conociendo mejor en esta serie: pobre entre los pobres, manso y misericordioso, humilde y consolador, silencioso y entregado a todos los necesitados, alguien que pasa haciendo el bien.