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Ya es lugar común: la caída del muro de Berlín no significó el imperio de la libertad, los derechos humanos, el Estado de derecho y los mercados eficientes. La destrucción del socialismo real de la URSS no dio origen a un orden democrático liberal generalizado en el mundo occidental. Pero el mundo si ha experimentado muy importante progreso. Hay hoy más democracia, menos pobreza, mayor expectativa de vida y un mayor nivel de educación en la Tierra que hace 27 años.
El comunismo cayó. Pero no reina tranquila la democracia liberal.
Con la caída del muro, algunos ingenuamente creímos que los partidos políticos compartirían los valores fundamentales de la democracia liberal, y se diferenciaran por los aspectos técnicos de sus propuestas para alcanzar los objetivos compartidos.
Pero no. En los últimos años hemos visto surgir un nuevo enemigo que esos valores, y en especial del Estado de derecho, deben enfrentar: el populismo.
El populismo surge muchas veces solapadamente, disfrazado de democracia. Surge por la derecha y por la izquierda. Se maquilla con procesos electorales, y se alimenta de los resentimientos y la envidia que en muchos sectores sociales se engendran por la migración, por la antipolítica, por el desencanto democrático, por la desigualdad en el crecimiento económico, por la pérdida de empleo, por el miedo al futuro, por la corrupción.
No terminó la historia con el triunfo de la libertad. Más bien la civilización del espectáculo en que vivimos -como la definió Vargas Llosa- dio pábulo al tiempo de la banalidad cultural. Esa banalidad, en un medio dominado por el relativismo, ha alimentado la post-verdad, los hechos alternativos, las paparruchas. Esta vivencia cultural es caldo para que reine el desprestigio de las élites y los técnicos, y la desconfianza en ellos.
Por la desconfianza en el conocimiento, en la verdad, en los hechos y en quienes los predican, se prefiere a una persona iluminada que está contra el sistema, que desprecia las instituciones penosamente construidas a través de nuestra historia, que viola el Estado de derecho y el debido proceso y condena a su arbitrio, y que se jacta de representar los verdaderos sentimientos del pueblo y de enfrentar a los otros dirigentes, a quienes denuesta, como los enemigos. Se pone fe ciega en un líder mesiánico que se comunica directamente con la muchedumbre, que busca mecanismos de democracia directa y que destruye la institucionalidad de la democracia representativa y el Estado de derecho.
De inicio, muchas veces, el derroche de los bienes públicos que efectúa el populismo significa una ganancia temporal para las familias más necesitadas. Esto fortalece al líder populista. La persecución a los inventados enemigos del pueblo rinde frutos de satisfacción a la envidia y al resentimiento. Pero a mediano plazo pasan la factura los costos de sus políticas económicas y clientelistas y el socavamiento al Estado de derecho, se intensifica la corrupción masiva de los allegados, y se sufren entonces el desabastecimiento, la inseguridad, la pérdida de libertades y la vulneración de los derechos humanos.
¿Cómo se deben reinventar los partidos políticos democráticos y respetuosos del Estado de derecho y los derechos humanos para enfrentar la amenaza de la tentación populista?
Creo que en primer lugar es necesario rescatar la defensa de libertad y la verdad. Es decir, se deben vertebrar las propuestas democrático-republicanas en la columna de los valores que le son esenciales, y en la institucionalidad base que ha permitido limitar el ejercicio del poder de los gobernantes, y encausarlo en favor del bien común. Los valores democrático-liberales deben ser defendidos y promovidos.
Pero claro que esa verticalidad en valores no es suficiente.
Se requiere, además, que los partidos -respetando la columna vertebral axiológica y los compromisos básicos en cuento a instrumentos que les son propios- se abran a la sociedad para que las personas y sus organizaciones intermedias tengan amplia posibilidad para cooperar en la construcción de las respuestas tecnológicas. Deben ser partidos en permanente dialogo con las personas y sus organizaciones.
Este segundo elemento es indispensable, considero yo, para recuperar la confianza del electorado en el conocimiento y en los técnicos. Y no es suplantable por la elección directa de los candidatos del partido, lo que a menudo solo propicia una mayor lucha interna por el poder personal.
En los partidos de mi predilección la columna de valores democrático-liberales debe compatibilizarse con los valores de tolerancia y disposición a buscar acuerdos, y con los principios cristianos. Con esos principios y con una propuesta tecnocrática participativa, flexible, evolutiva e inclusiva que le de bases a la confianza, se deberá desarrollar en cada partido un discurso y un lenguaje que le permita volver a entusiasmar a los electores.
Para lograr esto último, es indispensable que los líderes del partido tengan verdadera vocación de servicio, de manera que reflejen y sea creíble su compromiso con las necesidades de los ciudadanos que sus propuestas pretenden mejorar. Las personas son sensibles y, contra las pasiones de envidia y resentimiento, saben muchas veces distinguir la actuación del verdadero compromiso de servicio a los demás.