Parroquia y misión

Mons. José Rafael Quirós Arzobispo Metropolitano de San José

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En la Arquidiócesis existen parroquias marcadas por graves problemas sociales: pobreza, violencia, desempleo, migración, soledad. Allí, la misión no puede limitarse a los ámbitos litúrgicos o catequéticos; sino que procura asumir las heridas del entorno. La parroquia misionera no ignora el sufrimiento, al contrario, se convierte en signo de esperanza, en lugar donde la comunidad acompaña, escucha, comparte y transforma. La caridad, vivida con espíritu misionero, no es asistencialismo: es el modo en que el Evangelio se hace visible en medio de las dificultades.

Hay comunidades con una larga historia, templos emblemáticos y tradiciones arraigadas; pero también hay sectores profundamente transformados por el urbanismo, con una población en constante movimiento, donde la vida transcurre con prisa y muchas veces sin tiempo para el encuentro. Ese urbanismo, que nos ha colonizado con su ritmo acelerado, trae consigo el riesgo de la despersonalización: vecinos que no se conocen, familias que viven encerradas, relaciones humanas que se vuelven funcionales, casi anónimas.

En medio de esa realidad, la parroquia está llamada a ser un espacio de encuentro. No un refugio cerrado, sino una casa acogedora donde toda persona se sienta reconocida. La misión parroquial comienza precisamente allí: cuando se recupera el nombre del otro, cuando se escucha, cuando se tienden puentes. No hay misión sin relación cercana.

La parroquia, como comunidad de fieles, es el rostro más cercano y visible de la Iglesia. Es el lugar donde la fe se convierte en experiencia compartida, donde el Evangelio toma forma en la vida cotidiana de las personas, con sus alegrías, desafíos y esperanzas. Sin embargo, vale la pena hacernos una pregunta honesta: ¿son realmente nuestras parroquias comunidades en misión permanente, o las hemos dejado convertirse en simples espacios de socialización y servicios religiosos, carentes de dinamismo evangelizador?

En definitiva, la parroquia es una comunidad de discípulos que camina, celebra y anuncia. Su vitalidad misionera se mide por su capacidad de irradiar alegría, de atraer sin imponer, de acompañar sin juzgar y ser solidaria con los empobrecidos. En este mes misionero, ojalá cada parroquia redescubra la belleza de ser enviada. No hay misión sin parroquia viva, y no debe haber parroquia sin misión.

La identidad de una parroquia no es algo estático, sino una herencia viva que necesita renovarse constantemente. Una parroquia misionera no se encierra en sus límites geográficos ni se contenta con quienes ya participan; se siente enviada a alcanzar también a los que están lejos, a los que viven la fe en silencio, a los que se han desanimado, y a los que ni siquiera se

han preguntado por Dios Este mes de las misiones, veámoslo como una oportunidad para que cada comunidad parroquial se pregunte: ¿Qué rostro de Iglesia estamos mostrando?

Que el Espíritu del Señor renueve en nuestras comunidades el deseo de salir, de anunciar, de servir y de amar.

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