Pandemia dispara violencia infantil

Disciplinar es un acto de amor, los padres o encargados de los menores debemos reconocer nuestra responsabilidad sobre su desarrollo sin que implique someterlos a actos violentos.  Si bien la práctica muestra que una nalgadita o un fajazo podría sosegar el ímpetu de muchos pequeños, lo cierto es que no es necesario el maltrato para […]

Fecha de publicación:

Fecha de modificación:

Disciplinar es un acto de amor, los padres o encargados de los menores debemos reconocer nuestra responsabilidad sobre su desarrollo sin que implique someterlos a actos violentos. 

Si bien la práctica muestra que una nalgadita o un fajazo podría sosegar el ímpetu de muchos pequeños, lo cierto es que no es necesario el maltrato para lograr un buen comportamiento. 

Los menores son esponjas, ellos tienen sus ojos y oídos muy abiertos, miran a su alrededor y en su pequeño mundo hacen una traducción de cada vivencia, por ende, apelar a la disciplina violenta no es una buena opción para su crecimiento. 

Nadie entiende con golpes, es imposible comprender a gritos y con insultos, sin embargo si nos basamos en los números, parece que la intolerancia de los padres es tal que la violencia física se ha convertido en una especie de tabla de salvación. 

La pandemia ha detonado las agresiones y las cifras así lo reflejan, datos oficiales destacan que de enero al setiembre de este 2020 se reportan 3.219 denuncias y entre los delitos que se achacan a los responsables son homicidios, tentativas de homicidios, sustracciones y agresiones. 

Ese número nos da un promedio de 357 denuncias por mes, es decir al menos 11 reportes de menores víctimas cada día y a esto hay que sumar una cifra fantasma, pues hay cientos de casos que nunca se denuncian. 

Tal es el grado de preocupación que el Ministerio Público creó en abril anterior la Fiscalía Adjunta de Atención de Hechos de Violencia en perjuicio de Niñas, Niños y Adolescentes (Fanna). 

La misma tiene como fin gestionar judaicamente las investigaciones contra quienes agreden a los niños y niñas. Asimismo, hace unas semanas lanzaron una campaña denominada “Yo denuncio” con el objetivo primordial de empoderar a terceras personas a denuncias los hechos violentos. 

En esta pandemia, los menores están en sus casas, se comunican con pocas personas debido a la crisis sanitaria y eso ha impedido detectar los ataques ocurridos en estos meses. 

La ventaja, asegura las autoridades, es que muchas de las víctimas han mencionado, haciendo uso de las tecnologías con las que estudian, que son agredidos y eso permite a docentes denuncian también. 

Dee hecho se sabe que muchos de los episodios que hoy se investigan fueron detectados durante el periodo de lecciones virtuales pues los padres o encargados han quedado gravados o hasta evidenciados públicamente. 

Las personas no deben quedarse calladas, es una obligación denunciar cuando se está frente a este tipo de situaciones. Los niños, niñas y adolescentes deben vivir y desarrollarse en ambientes saludables, sin gritos ni golpes y más en medio de esta pandemia. 

Esto de las agresiones no es nuevo en el país, por el contrario, Costa Rica tiene cifras alarmantes de violencia infantil. 

La Organización Mundial de la Salud declaró hace unos 10 años epidemia nacional, pues las estadísticas mostraban que 6 de cada 10 pequeños son afectados por las agresiones y pese a tal alerta, la situación parece no mejorar. 

Pero hasta ahora que hay una fiscalía especializada, nadie hacía mucho por el tema, la sociedad tampoco se muestra muy interesada en cambiar estos escenarios tan fatídicos por el contrario parecen cómplices silenciosos. 

¿Qué nos pasa? Nuestros niños están sufriendo y parece que eso no conmueve a nadie, ya que vemos que va más gente a marchar por asuntos de menor envergadura que por la humanidad de los menores inocentes. 

La educación correcta es ajena a las lesiones. Lo fundamental es crear relaciones de respeto en el seno familiar, no de miedos y temores. 

Los hijos deben encontrar en sus progenitores además de un protector, la persona que los escucha, los ama y aconseja, y no a quien los golpea. 

Como lo dice el anuncio de Unicef: “Hay niños que juegan a ser invisibles”. No haga con las groserías que sus retoños prefieran pasar desapercibidos. 

Bueno, los entes de salud, las escuelas, las iglesias y la sociedad no pueden callar, existe una obligatoriedad legal y moral de enviar ante las autoridades a aquellos que usan la fuerza bruta para “educar”.