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A cuanto queda dicho en esta larga serie he de añadir algo referente al dolor, y en este caso padecido en unión con Cristo y dándole el sentido y valor que él le dio. He pensado que es algo que puede contribuir a que al lector, al menos al que profese la fe cristiana, le puede ayudar a seguir siendo, sino del todo, bastante feliz aún en medio del sufrimiento.
En la Carta a los hebreos, su autor, después de asegurar que Jesús vivió rodeado de debilidad, agrega que “con lo que padeció aprendió la obediencia” (8,8). ¿Qué se nos quiere decir? Según el Padre Larrañaga, “la palabra obedecer viene a indicar que Jesús asumía el dolor de una manera activa y personal, como una ofrenda consciente y voluntaria, y así dio a su sufrimiento una finalidad y un significado”.
Ahora bien, sufrir voluntariamente no quiere decir que vaya expresamente en busca de eso mismo. Pero al presentársele no lo ve como una fatalidad o una mala suerte, sino como una permisión de la voluntad del Padre. Y, consecuentemente, lo asume como tal. “Y, al asumir esa voluntad, declara el mismo autor, asumió voluntariamente también el dolor permitido que en este caso llamamos la Cruz. Y, por haber sufrido, Jesús puede ayudar a los que sufren. Los atribulados y Jesús están, pues, hermanados en el dolor. Por eso Jesús tiene voz y autoridad para convocar a todos los agobiados por las tribulaciones, para ofrecerles una copa de alivio y descanso. “Venid a mí”. Así lo entienden sus seguidores, desde los primeros cristianos, testigos de su pasión y muerte, hasta nuestros días. Y así se cumple, o puede cumplirse, lo que concluye el mismo Padre Larrañaga: “El que sufre en la fe, sufre como Jesús y con Jesús. Más aún, es Jesús mismo el que sufre y muere de nuevo en el atribulado”.
Y añade, “de esto se trata precisamente: el que sufre, con tal de que sufra con fe, está sufriendo con Cristo y como Cristo, está participando del dolor y de la muerte del Señor. Es decir, es Jesús mismo quien está sufriendo y muriendo de nuevo, hermanado y convertido en una misma cosa con los agonizantes, inválidos y traicionados”. El lector comprenderá que es, en el fondo, asunto de fe. O sea, de ver a su luz, más allá de la apariencia del que sufre o muere al mismo Cristo en el doble sentido, como sujeto de lo que padece y como objeto de aquel que lo ve y atiende en ese estado.
Aún he de añadir al tema algo más, en un próximo escrito, Dios mediante.