Fecha de publicación:
Fecha de modificación:
“Donde el Diablo perdió la chaqueta”. Así cataloga Yorbin Huertas a su comunidad: Chorreras de Cutris
Este caserío, conformado por covachas y ranchos de madera, está ubicado en la milla fronteriza entre Costa Rica y Nicaragua, cercano a Crucitas.
Allí, más que una chaqueta, se perdió el acceso al agua, la educación y salud. Lo único que pululan son los mosquitos, calor, tristezas, y un mercado minero a la sombra de las autoridades.
Da igual el día qué sea… Al final, la pobreza es la norma.
Cerca de 70 familias han tenido que adaptarse a las largas distancias, a la sed durante días y a una actividad económica criminalizada por las autoridades y mal pagada por el comercio ilegal: la extracción de oro. “Yo tengo allegados que están acá desde hace 25 años. En mi caso, llevo alrededor de 6 años, y le doy gracias a Dios por la minería, porque antes había trabajo para dos o tres (personas). Ahora podemos comer todas las familias”, confesó Huertas, cabeza de un hogar, quien defiende la actividad en la zona.
El joven vive a las orillas del río San Juan, sitio que, por ley no debería ser habitado, pero que ha atraído a una serie de nacionales y extranjeros a permanecer en ese destierro de los desterrados.
Yorbin, casado con una nicaragüense, está en espera de un hijo el cual nacerá en unos meses. Está emocionado, aunque no deja de mostrar cierta preocupación pues ni las ambulancias ni ninguna atención médica llegan a la zona e incluso, “hace 15 días una señora dio a luz, y por dicha una muchacha la atendió acá”.
No todos los que viven en Chorreras se dedican a la extracción de oro, sin embargo, dicha actividad económica se vuelve cada vez más popular. Al final, ninguna estrategia de trabajo pensada desde San Jos, ni ferias, stands o visitas de las autoridades traen soluciones o les quita el hambre. “Aquí solo hay tres fincas de ganadería, y cada una tiene solo un peón por terreno. ¿Y las demás personas? Todo mundo necesita comer y prosperar, y con la minería hemos podido salir adelante”, agregó. A las orillas del río, poco les importan las implicaciones ambientales del mercurio, los balazos entre policías y coligalleros o a dónde se vaya el oro. Al final, en esa “tierra de nadie”, lo único que importa tener es un bocado y en el mejor de los casos, recolectar agua de una cisterna que llega cada seis días.
Mientras en Zapote y en Cuesta de Moras se lanzan acusaciones, discuten proyectos y calculan cuánta plata puede salir de la montaña, para Yorbin, “sobrevivir es lo que hay”, así no haya luz y el internet parezca solo un mito.
La realidad no es ajena para los más pequeños. De lunes a viernes, un salón parroquial se adapta como un aula con pupitres improvisados. Lleno con más de 60 menores esperando tener oportunidades para superarse, esa es la escuela oficial de la milla fronteriza entre Costa Rica y Nicaragua. Así lo narró Minor Varela, director de la unidad regional de San Carlos del MEP, quien indicó que, debido a la falta de recursos y circunstancias, los estudiantes de Chorreras no son capaces de recibir la malla curricular estudiantil completa. “No hemos podido todavía contar con materias complementarias, porque las distancias no permiten que los docentes entren solo por dar unas cuantas lecciones y luego se retiren del centro educativo”, señaló Varela.
Agregó que “de los 53 estudiantes, de los 67 que tenemos matriculados, no tienen una identidad costarricense, entonces estamos trabajando con el MEP el tema del transporte, porque ellos cruzan en canoitas sumamente inseguras, y los vuelve a llevar a la hora de salida del centro educativo”, comentó.


