Obsolescencia

La vida humana es un pestañeo, a pesar de que podemos vivir 100 años. Vivimos más que algunos animales, y de todos modos es un pestañeo. Los insectos se pueden llamar efímeros, porque duran solo unos días. Una vez vi una película cubana que ilustraba las épocas con la música de entonces: la época de […]

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La vida humana es un pestañeo, a pesar de que podemos vivir 100 años. Vivimos más que algunos animales, y de todos modos es un pestañeo.

Los insectos se pueden llamar efímeros, porque duran solo unos días. Una vez vi una película cubana que ilustraba las épocas con la música de entonces: la época de la guaracha, del danzón, del mambo. Puede ser que oigamos una guaracha ahora, pero todo el mundo sabe que eso ya pasó.

 

El otro día fui a Cartago, la ciudad donde pasé mi niñez. La casa donde yo viví era un lote vacío, y donde vivió Fello Vargas era una ruina; solo las ruinas de la parroquia habían permanecido inmutables todavía; y El Irazú, el café donde yo paraba cuando le ayudaba a Chunga a repartir la leche. Pero ya nadie sabría de qué estoy hablando, porque todo aquello ya pasó. Ahora todo el mundo anda digitando con un teléfono celular, y yo no tengo uno. Estoy como quien dice aislado, porque ni mando ni recibo “mensajes de texto”

Pero de la multitud que me acompañó en mi niñez ya no queda nadie, y yo estoy como el oficial que canta Gilbert Becaud en “Mes hommes a moi”: l´ítalien que me doi deux cigars, muerto. Le francais que etait la par hazard, muerto, muerto, muertó”. “Ya pasó”. Mi tiempo ya pasó, y ya tengo que irme yo también, porque hay muchos que se preguntan cuándo me voy como se fueron ya los mayores, para dejar mi campo a otro.

Yo voy ya por el año 87, y oigo a menudo el reclamo de “cuándo te vas a ir de una buena vez”, además de que he visto partir a tantos de “mes hommes a moi”, que puedo, como Becaud, contestar muerto, muerto, muertó.

 

El tiempo detendrá su marcha inexorable cuando terminemos la vida, a menos que se nos proporcione otro reloj si volvemos a vivir, pero eso no sería una buena cosa y compromete la bondad de Dios, porque podemos nacer en Irak, en Afganistán, o Sudán, o en Haití. 

Yo ahorita me voy, y no veré los cambios de la civilización, porque los de la sociedad son mucho más lentos que en los individuos: a pesar de que durante la edad adulta cambiamos tan poco que nos creemos eternos. Pero ya no voy a tener tiempo para hacer las cosas que me faltan. Aunque siempre es así, nunca tenemos suficiente tiempo para terminar.