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II Parte
El 20 de noviembre de 2019, publiqué en La Extra un artículo de opinión titulado “Nunca más”. En este, hacía un llamado a las autoridades de nuestro país para que se le dieran una estocada mortal al flagelo del abuso y la agresión infantil.
Dolorosamente el mes anterior conocimos la condena a 35 años de cárcel para los padres de una angelita de 4 años, que murió asesinada a golpes en enero de 2020. Digo dolorosamente no por la condena, obviamente, si no por el hecho de que una pequeñita de 4 años haya tenido que sufrir semejante tortura. En este caso, ya había denuncias presentadas ante las autoridades encargadas de proteger a los niños; es decir, ya conocían la situación y se pudo haber evitado la muerte de esta niña. Podríamos pensar que se hizo justicia con esta sentencia y tranquilamente pasar la página esperando el siguiente infanticidio, para entonces nuevamente “levantar la voz” por esas personitas y quedarnos en paz y contentos por que usamos un hashtag “#YoSoy…” e hicimos un poco de bulla en las redes.
Entonces me pregunto, ¿es eso todo lo que podemos hacer para evitar que los niños sean quemados, golpeados, pateados, torturados y maltratados? Mientras estoy meditando en esto, me llega otra noticia…
Un niño de 5 años, en Argentina, fue asesinado por su madre biológica y la novia de esta. El forense declaró que en 27 años de ejercicio no “había visto algo así”. El niñito presentaba quemaduras de cigarrillo, mordeduras y golpes múltiples y había sido llevado a emergencias en varias ocasiones por fracturas y heridas. Su padre biológico había solicitado la intervención de las autoridades competentes, es decir, ya conocían la situación. Otra muerte que se podría haber evitado. Suena tan conocido… A estos, lastimosamente, se suman demasiados casos ocurridos dentro y fuera de nuestras fronteras.
Uno de los signos más preocupantes de la decadencia de una sociedad es, a mi parecer, cuando la agresión a los más indefensos se convierte en una estadística más. Una sociedad que no se estremezca ante la realidad de una criaturita torturada hasta morir simplemente camina hacia un sendero de ignominia humana que ya se creía superada en la era de los “derechos humanos”. La normalización del abuso y el maltrato infantil no puede ser tolerada de ninguna manera, porque la pendiente resbaladiza que representa la normalización de la infamia y la inmoralidad no conoce límite. Hay que poner un decisivo HASTA AQUÍ y hay que ponerlo ya.
Por eso, una vez más, como costarricense y como médico, hago un llamado al PANI, Defensoría de los Habitantes y al gobierno en general para que asuman la responsabilidad que se les ha concedido para ser garantes de una vida digna para nuestros niños y adolescentes, desde su concepción hasta los 18 años, como lo dice nuestro marco jurídico. No se vale callar, no se vale ver para otro lado.
Igualmente, fiel creyente de que como ciudadana de este país merezco una respuesta, hago un llamado a los candidatos presidenciales para que nos presenten las propuestas concretas que tienen en cuanto a la optimización de las instituciones encargadas de velar por nuestros pequeños y las medidas concretas para el rescate de los niños en situaciones de violencia. ¡No podemos esperar más!
*Asociación Médicos por la Vida/Costa Rica