
El tico es una criatura complicada, rara, casi incompresible dada la cantidad de contradicciones que puede albergar en su interior. El ejemplo más reciente de este mar de incongruencias en que navegamos/ naufragamos cada día nos los dio la encuesta del Centro de Investigación y Estudios Políticos (CIEP) de la Universidad de Costa Rica (UCR).
El CIEP indagó la opinión popular respecto a la huelga nacional convocada por los sindicatos del sector público desde el pasado 10 de septiembre. Los resultados no podrían ser más “ticos”.
Por ejemplo, una mayoría de costarricenses apoya la huelga (52%), pero rechaza contundentemente sus manifestaciones más fuertes, es decir, los bloqueos, la suspensión de servicios públicos y la obstaculización a la distribución de combustibles. Justamente la forma en que la huelga se hace sentir.
Además, la mayoría de costarricenses apoya a la policía (incluso el ministro se seguridad, Michael Soto, resultó la figura mejor calificada en el marco de crisis), pero rechazan el uso de la fuerza para levantar los bloqueos. Justo la acción que permitió, por ejemplo, normalizar la distribución de combustible. ¿Contradicción? imposible.
Nuestra incapacidad para decantarnos por una posición determinada es evidente. Según la encuesta, el 65% de los ciudadanos piensa que el proyecto de reforma fiscal que se discute en la Asamblea Legislativa debe pausarse y ser renegociado. Solo un 21% es capaz de tomar partido decidido a favor de la reforma, y un 14% no tiene empacho en pedir que el proyecto sea archivado por completo.
Pero, ¿qué significa esa renegociación que el 65% ve como la vía tica para resolver el problema? En la práctica significa que la aspiración de la mayoría es, como casi siempre, avanzar en nadadito de perro, ojalá a través de una “comisión multipartidista y multisectorial” donde cada uno de los hijos de esta tierra esté representado, hacia una solución que logre quedar bien con todos, como si tal cosa fuera posible.
La mayoría es capaz de ver la crisis económica en ciernes sobre sus trabajos y sus familias, pero aún así, y honrando la triste tradición de esperar a que se aclaren los nublados del día, prefiere buscar un camino en el cual nadie se deba incomodar.
En este caso, ese camino es la quimera de que es posible lograr una reforma fiscal que nos haga esquivar la crisis pero sin recortar ni un colón el gasto público, sin aumentar los impuestos ni crear nuevos, y sobre todo, sin cambiar ni un ápice las condiciones y pluses salariales de los empleados públicos, ni hoy ni a futuro.
¿Por qué el plantear modificaciones realistas y necesarias al proyecto, pero dentro del marco del proceso legislativo en el que ya se encuentra no es una opción? Una pregunta que parece ser un misterio.
Como pueblo nos gusta evadir los problemas del mundo real, esperando que el tiempo los haga desparecer. Pero esta vez nuestra estrategia a la tica se va a volver en nuestra contra. Debemos aprender a tomar decisiones pensadas con cabeza fría y vivir con sus consecuencias.
Podemos seguir creyendo que nada grave va a pasar, que tenemos tiempo y buena voluntad para arrancar conversaciones y análisis de cero; pretender que vivimos en el 2013, pero la realidad es otra: cuando los mercados internacionales nos den la espalda y la crisis nos explote en forma de inflación, devaluación y altísimas tasas de interés, sabremos que finalmente nos ahogamos en nuestro mar de contradicciones.
*Periodista