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¿Es bueno llevar a los jóvenes a visitar cárceles ? No. Pero, ¿Será que los tenemos que llevar a visitar empresas? Tampoco.
Muchos y muchas piensan que llevar jóvenes a una cárcel o llevarlos a contemplar una gran empresa son actividades opuestas, pero no lo son, ambas son parte de la misma idea pedagógica obsoleta. Se piensa que la cárcel de alguna manera disciplina mediante el miedo, y que la otra motiva a través de la admiración. La realidad es que en ambos casos reducimos a los y las jóvenes a simples espectadores y suponemos que será una imagen suficientemente impactante, el preso castigado o el ejecutivo exitoso, y con eso, listo, ellos y ellas van a reorientar su vida. Falso. Ambas son ideas viejas de una especie de ingeniería de la conducta, y ninguna se fundamenta en resultados reales en educación.
El error está en imaginar que los y las jóvenes son envases vacíos que tienen que ser llenados con ejemplos adecuados, pero los y las jóvenes en realidad poseen su propio razonamiento, aspiraciones, experiencias, conflictos, lealtades e interpretaciones. No necesitan simplemente observar el destino de quienes “tomaron malas o buenas decisiones”.
Además, una cárcel no contiene los errores de las personas, solo tiene a algunas de las personas cuyos errores son graves y son definidos como delitos, que son detectados, procesados y luego castigados, pero quedan fuera los errores empresariales, políticos, familiares, educativos e institucionales que también producen daño. Presentar la cárcel como museo de las malas decisiones es una visión moralmente simplificada, una visión de que quienes están dentro se equivocaron, y quienes están fuera hicieron las cosas correctamente. O que buenas decisiones son aquellas que nada más nos alejan de la cárcel.
Algo similar sucede con las giras empresariales. Una oficina ejecutiva tampoco tiene o representa puramente el éxito, sino que también es una representación escogida del éxito, se muestran cargos, edificios, discursos y trayectorias que ya han sido validadas, pero rara vez se muestran privilegios de origen, fracasos descartados, la cooperación invisible, los trabajadores y trabajadoras que sostienen la organización, y mucho menos la gran cantidad de contradicciones internas de una empresa.
Claro, esto no significa que visitar una cárcel o una empresa no sea necesariamente útil. Podría tener valor si la visita forma parte de una investigación crítica, con la idea de comprender el sistema penitenciario, hablar de derechos humanos, reinserción y desigualdad, o en una empresa analizar cómo produce, distribuye poder, organiza el trabajo y toma decisiones.
El problema aparece cuando la visita sustituye al proceso educativo y el escenario se convierte en mensaje.
Pero hay algo que me preocupa más aún. Llevar solamente a jóvenes de sectores vulnerables a las cárceles no es una política educativa neutral, sino que es una pedagogía selectiva que de alguna manera convierte la pobreza en indicio de peligrosidad. Y claro, mientras a los jóvenes de áreas no “vulnerables” se les muestran universidades, empresas y oportunidades, a los jóvenes pobres se les muestra el castigo. Esto para mí es muy doloroso, porque mientras a unos se les invita a imaginar lo que pueden llegar a ser, a otros se les está advirtiendo sobre aquello en lo que, aparentemente, podrían convertirse.
A fin de cuentas, la cárcel y la oficina ejecutiva son dos extremos de una misma cosa que yo llamaría pedagogía del espectáculo.
En ambos casos se les olvida que los y las jóvenes no son barcos vacíos esperando una dirección. Para los y las jóvenes, los ídolos no están necesariamente en las oficinas ejecutivas, ni tampoco los errores de una sociedad están necesariamente encerrados en las cárceles. Y muy importante, educar no consiste en llevar a los jóvenes a contemplar destinos, sino en darles herramientas para comprender y construir los caminos que conducen hacia ellos.
Pregúntele a cualquier persona, o a usted mismo, ¿por qué no está en la cárcel?, y ninguno le dirá, porque fui a una gira a ver presos… No existen atajos escenográficos para educar.