Puebla (México), (EFE).- La danza de \”Los Voladores\” en la localidad de Cuetzalan, en el central estado de Puebla, dejó de ser exclusiva para los hombres y hoy acoge a las danzantes en uno de los rituales prehispánicos más antiguos de México.
La danza fue concebida como un ritual de pedimento para suplicar a las deidades una buena cosecha. Sólo los hombres danzaban sobre un tronco de 30 metros de altura para pedir el alimento de sus pueblos.
Pero hace 25 años, Jacinta Teresa Hernández solicitó por primera vez a los danzantes de su comunidad una oportunidad para sumarse a las plegarias danzando desde lo alto. Y desde hace 10 años unas 15 mujeres se lanzan al vacío con una liana que sujetan a su cintura para hacer el mismo ruego.
\”Es un don ser voladora porque es algo con lo que yo nací; es un privilegio\”, dijo a Efe este domingo Jacinta Teresa Hernández, quien ha hecho de esta danza un oficio de vida y lo ha llevado a festivales internacionales en Francia, España y diversos países africanos.
En la danza de \”Los Voladores\”, cinco danzantes con indumentaria roja en representación de la sangre que ofrendan a los dioses suben por un tronco de unos 30 metros que meses antes eligen, salen a cortar al bosque e hincan en la plaza principal.
El tronco se coloca en un hoyo de unos tres metros de profundidad en el que se ha introducido un pavo que bañan en aguardiente y ofrecen en sacrificio a los dioses. A lo largo del \”palo sagrado\” se instala una escalinata de trozos de madera para ascender hasta la punta.
Cuatro danzantes representan los puntos cardinales, y un caporal o líder del grupo personifica al Sol.
Para Gustavo Paula, un indígena de 20 años, ver mujeres danzar sobre la estructura que se instala en la punta del tronco representa unión. \”Todos tenemos el derecho de pedir por nuestra comida y Dios no ve mujeres ni hombres; ve pueblos que piden por la vida\”, comenta.
Pero a Reina Bautista, una danzante de 17 años, le fue difícil ofrecer su danza en el vuelo: \”Mi familia se asustaba y no quería que me lanzara desde lo alto porque creían que podía morir, pero les dije que ser danzante voladora a mí me aproxima más a Dios\”.
Este fin de semana en la zona arqueológica Yohualichan (casa de la noche en la lengua indígena náhuatl) en Cuetzalan, Jacinta, Reina y Gustavo danzaron en un festival. Saltaron hacia atrás sujetos de un lazo que anudaron a su cintura una vez que llegaron hasta la punta.
El pueblo y los paseantes no distinguen género, sólo observan con asombro el valor de los participantes, enfundados en sus trajes de terciopelo rojo y con camisas blancas en representación de la pureza, con pequeños gorros sobre la cabeza que simulan penachos en forma de luna.
Suspendidos en el aire giran cuatro danzantes como rehilete y dan 13 vueltas hasta sumar entre todos los 52 giros que equivalen al tiempo de aparición de un nuevo sol, según el calendario prehispánico de México, explica Marcos Valdez, el caporal.